Allende la torre del sol -cap 1

0
103

¡Hola amigos! Quería contarles que finalmente me animé a escribir una novela corta, que pronto estará en Amazon. Aquí les comparto el 1er capítulo. Espero que les guste 🙂

Parte I – 1924

En un pueblo de España que cuenta con una plaza, un castillo y una Iglesia

El monaguillo

El pasado cuarto de hora de lluvia había hecho más por el paisaje que cualquier proyecto de mejora municipal. Los robustos adoquines, el ladrillo de los humildes tejados e incluso la tierra caliza del sendero resplandecían ante el sol de la tarde como en noche de plenilunio, en cordial contraste con las húmedas agujas de pino que se amontonaban en oscuros montículos en el suelo, obsequiando una fresca fragancia al aire. A lo lejos, la torre de la Cárcel, elegida como lugar de reposo por el mismísimo Apolo, hacía de punto de referencia conceptual al joven Rafael, en doloroso pero poético recordatorio de los confines de su mundo conocido, donde la mirada podía vagar entre olivares, caminos, y casillas solitarias hasta detenerse abruptamente en los grises cerros, sin llegar jamás al mar. Su raída camisa, los pantalones cortos y el par de zapatos embarrados, parte de la rotosa herencia recibida de dos hermanos mayores, lejos se hallaban de obtener su merecido descanso, pues debían de servir aún al pequeño Pedro, el menor de los Martínez. 

Con la desvergüenza propia de la juventud, el muchacho se quitó la ropa y la escurrió con rapidez, para luego tenderla sobre un cañón oxidado. Luego, en paños menores se acomodó sobre el muro de piedra, que le quedaba a la altura de la cintura y observó el horizonte con tristeza. Se había excedido con creces de su horario de regreso y el cinturón de la malvada esposa de su padre lo estaría aguardando para darse una fiesta sádica en su trasero. En ese momento, poco le importaba. Nada en el mundo podía ser tan doloroso y humillante como el desplante sufrido por María de los Ángeles  -Angelita, la mujer de sus sueños-, quien no sólo le había negado el roce de su dulce mano, sino también la dignidad varonil de un buen cachetazo, como recibían a menudo sus amigos mayores cuando se propasaban con alguna muchacha. Era su culpa, por ser tan caballero. Se había arrodillado a su lado en la quinta fila de bancos de la iglesia y, bajo la mirada cómplice de San Lucas, había clavado en ella sus ojos de tonto -ojos de vaca, como les decía el gordo Vicente- y rozado con un dedo índice el suyo. Carraspeaba juntando bríos para iniciar el elaborado discurso, que para entonces sabía mejor que el propio Padre Nuestro, cuando la monjita, como salida de un sopor, había dado un respingo. 

– ¡Rafaelico! 

Algunos feligreses miraban la escena con curiosidad, sin que él se diese por enterado, distraído en el mágico descubrimiento de que, en esos rosados labios, el apodo que tanto odiaba sonaba a música.

 –Pero si eres un buen niño. ¿Qué te tiene tan travieso hoy? Espero que no te andes juntando con malas compañías —había murmurado ella con falso enojo antes de alejarse. Su rostro, perfectamente ovalado como el de la Virgen de Tiziano, enmarcado por un velo que intentaba infructuosamente doblegar sus rojizos bucles, denotaba fastidio, pero él había notado que la gran cruz de madera de su pecho giraba furiosamente entre sus dedos. ¿Sería posible que le pesara? Decidió interpretar la situación como una señal de conflicto, que seguiría alimentando su fantasía de que ella, algún día, se replantearía la vocación que los separaba. Estaba también, por supuesto, el asunto de la diferencia de edad, pero eso era discutible, pues él pronto crecería hasta superarla ampliamente en estatura y, si bien ella rondaba ya los treinta, era frecuente en el pueblo que los hombres contrajeran nupcias con niñas de dieciséis años. ¿Por qué no podía darse el caso inverso?

Aturdido por el rechazo, que para alguien menos inocente habría sido alevosamente predecible, había agachado la cabeza unos instantes en fingido rezo para ordenar sus pensamientos y recobrar la compostura. Satisfecho finalmente ante la conclusión de que no se rendiría tan fácilmente, buscaba sus pertenencias cuando un relámpago había iluminado el colorido vitral de la Asunción de la Virgen y las puertas de la casa del Señor se habían abierto de par en par, albergando a las decenas de fieles que ingresaban en tropel en busca de refugio –refugio de la tormenta, cabe aclarar, pues las confesiones ya habían tenido lugar y los espíritus de los avaros, las casquivanas y los borrachines se hallaban provisoriamente en paz -. 

“¡Oh, no, otra vez las viejas!” 

Con la certeza de que un poco de agua era más deseable que decenas de pellizcos y besos mojados, había calzado su boina hasta las orejas y huido despavorido, esquivando como liebre entre pedruscos a las emperifolladas ancianas de noble corazón y crueles garras, que gustaban de apretujar sus tiernas mejillas al son de “¡Rafaelico, qué bonico!”. Pero mientras doblaba la esquina, ya empapado pero a salvo, había recordado la carta. “¡La carta!” La llevaba en el bolsillo de la chaqueta, junto a su corazón, pero después de la misa había optado por ponerla entre sus rodillas para extenderla a Angelita en el momento apropiado, y, a falta de uno, debía de haberla perdido entre los bancos de la iglesia. Con su firma en ella.

“Si seré imbécil”. 

Como alma que lleva el Diablo había emprendido el regreso, con la mala fortuna de toparse con un adoquín sobresalido que le había hecho rodar, como perro arrollado, por el suelo. Embarrado, rengueando y despojado del poco orgullo que le quedaba, había cruzado finalmente el dintel para entregarse con mansa resignación a las decrépitas manos de largas uñas que surgían por diestra y siniestra a lo largo del pasillo, cual ánimas del purgatorio, impacientes por arrancar un trozo de jovialidad a su maltrecho rostro, entonando con su ronca voz el infernal “¡Rafaelico! ¡Qué bonico Rafaelico!”, que le hacía maldecir el día en que se había vuelto monaguillo, hasta que había alcanzado, ya expiado de todo pecado, el banco de la salvación. 

Pero no había ni rastros del sobre. Tal vez Dios, en su eterna misericordia, había optado dar una mano a su pobre siervo, y obrando, como se decía comúnmente, en formas misteriosas, había hecho volar el papel del delito hasta esconderlo debajo del púlpito, donde sería recuperado en un futuro muy lejano, probablemente debido a tareas de mantenimiento, para terminar exhibido como curiosa pieza de museo: “Amores prohibidos de principios del siglo XX”, o tal vez lo había arrastrado hasta deshacerlo, aferrado en lamentable súplica a algún zapato embarrado, igual de patético y suplicante que quien lo había escrito. 

Regresaba a casa, ya sin apuro ni ilusiones, cuando una risa recatada, inconfundible aún en medio de la lluvia, había resonado a pocos metros de distancia. Tras comprobar que no había un paisano a la redonda, se había preguntado, extrañado:

“¿Qué haría Angelita sola allí afuera? ¿Acaso lo esperaba? 

Un fragmento de ruina de muralla lo apartaba del Paraíso. Apoyando una mano contra el rústico muro, helado a pesar de la incipiente primavera, y con el gorro en la otra, como dictaminaban los buenos modales, había bordeado el obstáculo, con la lentitud y firmeza de un felino al acecho. La monjita no estaba sola. Bajo el abrigo del paraguas negro del obispo, de inconfundible contera de bronce, leía en tono risueño el contenido de un sobre. Luego, se lo había pasado al cura, quien, tras doblarlo con parsimonia, lo había guardado en un bolsillo oculto de la sotana. No cabía ninguna duda. Se trataba de su carta de amor, que se veía dolorosamente infantil en sus manos. El hombre, de apellido irónicamente amigable, dado el trato severo que tenía hacia los fieles -especialmente los niños, hacia quienes ostentaba una entusiasta crueldad- había susurrado algo al oído de la monjita. Rafael temblaba. 

“Ahora sí que estoy en problemas” —pensaba aterrorizado, imaginando decenas de repercusiones posibles, ninguna de las cuales le ofrecía una salida airosa. Sus tribulaciones habían sido interrumpidas repetidamente por una sonora carcajada del obispo quien, a continuación y como para terminar de arruinar el día del pobre joven enamorado, había tomado a sor María de los Ángeles entre sus brazos y le había estampado un apasionado beso en los labios. 

Horas después del incidente y bajo el refugio del anonimato del cerro del castillo, Rafael cedía a la dulce tortura autoimpuesta de repasar, con lujo de detalles, el beso prohibido, embriagando su corazón de dulce pesar, mientras observaba cómo el sol de la tarde se desvanecía tras los cerros. 

Ya llegada la noche, decidió que era tiempo de volver. No quería preocupar a su padre. Tomó un sorbo de agua de la fuente, cuya inscripción en latín prometía vida a quienes bebieran de ella -aunque entonces era utilizada mayormente por animales-  y comprobó que su ropa seguía empapada. “Larga vida a los caballos”. 

Habiendo aprendido por las malas que hay muros que no se deben atravesar, y que el sol más hermoso es el que menos seca, emprendió el corto viaje de regreso, con la camisa incómodamente pegada al torso y la frente en alto, dispuesto a enfrentar el castigo de su madrastra con el peculiar estoicismo de un niño de su condición: huérfano de madre, ateo por convicción y monaguillo por amor.

Deja un comentario