El falso profeta

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Cuando el reloj dio las ocho en punto, un hombre joven de túnica dorada y cabeza rapada apareció caminando por detrás del Cerro de los Secretos y ocupó su lugar habitual en medio del escenario, compuesto de un rectángulo de alfombra verde enmarcado por cuatro inmensas columnas de mármol que evocaban las patas de un elefante. Sobre su cabeza, un ligero paño de tela forcejeaba apresado ante la fresca brisa. 

Era harto sabido que el Maestro no daba discursos ni se entremezclaba con los fieles. Su tarea era la de ser imitado, no la de enseñar. Para asistir los casos de manera personalizada estaban los Psicólogos, perfectamente distinguibles gracias a sus anaranjadas túnicas. Eran cientos de miles repartidos por todo P.U., y aun así no daban abasto. Había días en que las esperas eran largas. Los requerimientos de los ciudadanos digitales tendían al infinito.

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