Plus ultra – Cap. IV

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Era domingo por la mañana en Greciaville y la lluvia se había hecho a un lado para dar lugar a las meditaciones. En Plaza Ágora, el punto energético más importante de Plus Ultra, un grupo de veinticinco personas se preparaba para un evento masivo. Sus jóvenes cuerpos envueltos en blancas túnicas de lino se paseaban pacíficamente como nubecillas cumuliformes, mientras acomodaban con parsimonia sus mantas de yoga y hacían ejercicios de estiramiento. A simple vista parecía una concurrencia escasa, dada la importancia de mantener la mente sana, pero se trataba de un mero efecto óptico. Los participantes invisibles eran millones, y sólo los mejores de la clase podían revelarse. El resto era bloqueado momentáneamente para un efecto más despejado y puro. Otros miles de millones miraban la transmisión desde sus casas, ya sea por pereza o por falta de dinero para el viaje. Sólo el Maestro y su séquito de Psicólogos conocían el número real de espectadores, el cual consistía en una cifra incomprensible, incluso para ellos mismos.

Cuando el reloj dio las ocho en punto, un hombre joven de túnica dorada y cabeza rapada apareció caminando por detrás del Cerro de los Secretos y ocupó su lugar habitual en medio del escenario, compuesto de un rectángulo de alfombra verde enmarcado por cuatro inmensas columnas de mármol que evocaban las patas de un elefante. Sobre su cabeza, un ligero paño de tela forcejeaba apresado ante la fresca brisa.

Era harto sabido que el Maestro no daba discursos ni se entremezclaba con los fieles. Su tarea era la de ser imitado, no la de enseñar. Para asistir los casos de manera personalizada estaban los Psicólogos, perfectamente distinguibles gracias a sus anaranjadas túnicas. Eran cientos de miles repartidos por todo P.U., pero aun así no daban abasto y había días en que las esperas eran largas. Los requerimientos de los ciudadanos digitales tendían al infinito.

—Sean bienvenidos —dijo el hombrecillo con parquedad. —Comenzaremos con nuestras respiraciones de rutina.

Tras unos cuantos minutos de relajación, el guía espiritual inició el ejercicio con voz monótona.

—Cierren los ojos. Bien. Ahora, cada uno de ustedes va a visualizar el contorno de su cuerpo. En algún lugar de éste, se esconde el Ātman, que puja por salir. Algunos lo llevan en el estómago, otros en el cerebro, el corazón o incluso en los genitales. Es indistinto. Lo importante es no perderlo, pues quien no lo tiene, termina en Caos. Para retenerlo y que esté a gusto, es necesario propiciarle algún que otro descanso. Con ese fin en mente, a la cuenta de tres, respiraremos hondo, llenando todo nuestro cuerpo de oxígeno y, al exhalar, lo liberaremos por nuestra boca mientras contamos hasta veinte. Nos vamos a visualizar como seres de luz, como un faro encendido en una noche de tormenta, y entonces, con una gran inspiración, traeremos al Ātman de regreso. Y recuerden. Deben confiar en que volverá. Aquel que sienta temor o dudas, evite hacer esta parte del ejercicio y consulte a un Psicólogo a la salida.

El hombre se meció sobre sus isquiones hasta conseguir una posición confortable y luego invitó al resto a relajar los hombros y los brazos. Luego, inició la cuenta regresiva.

La sesión terminó con el mantra habitual: “Main Aatma Hoon” -el alma soy yo.

Los alumnos más avanzados de la clase acomodaron con prisa sus mantas y se retiraron, en claro postureo de no necesitar ayuda extra. Eran a su vez objeto de odio, envidia y cotilleos por parte de la amplia mayoría de los meditadores, quienes no osaban dejar ir su alma, temerosos de que ésta no regresara. Unos cientos de miles se materializaron de repente para solicitar turno con un Psicólogo. El sistema era bastante ordenado, pues asignaba directamente al paciente con el profesional más idóneo para la consulta en particular, según un algoritmo que contemplaba variables como “horario de llegada”, “urgencia”, “antigüedad”, “asistencia” y “donaciones a la causa”. Una vez repartidos los turnos, el sistema bloqueaba nuevamente a la concurrencia en grupos de quince personas, para no recargar el ambiente.

Duoc tenía tres pacientes por delante, así que pensó que sería relajante hacer tiempo en el pequeño lago artificial. Disfrutaba plácidamente del sonido del agua fluyendo y del pasar errático de los peces, cuando de repente se encontró con una imagen perturbadora que tocó una fibra en su cerebro. Por debajo del puente peatonal, un enorme pez cuadriculado lo miraba desafiante, como si intentara comunicarle algo. Sus escamas, rojas y negras, formaban una réplica exacta de su camisa. ¿Cómo era eso posible? El hombre sintió náuseas. El detalle, destinado probablemente a distraer su espera (el mundo solía tener ese tipo de gestos hacia los usuarios) le resultó repulsivo y de mal gusto, como un recordatorio obsceno de la muerte. Su muñeca vibró de pronto, indicando que su turno se había adelantado. No se sorprendió, pero sí se asustó un poco. Confirmaba la gravedad de su estado.

Una mujer de túnica naranja se acercaba presurosa desde la orilla.

—Gusto en conocerte, Duoc. Me llamo Marina.

Juntos cruzaron el puente de la mano e iniciaron la caminata por la plaza, como era la costumbre.

— ¿Cómo te sientes hoy? —preguntó ella, mirando hacia el horizonte.

—Honestamente, he estado mejor. Siento una opresión en el pecho y me cuesta respirar.

—Entiendo. Nos pasa a todos alguna vez. Al fin y al cabo, somos humanos, y como tales, nos angustiamos. Vamos a necesitar tener unas cuantas charlas, para llegar al fondo del problema, pero antes, sólo para quedarnos tranquilos, deberíamos aplacar tu mente con algún ansiolítico, si es que estás de acuerdo.

Él miró sus mocasines marrones aguardando a que ella lo descubriese por sí misma. Finalmente, la oyó decir.

—Ah, veo que ya estás medicado. Y bastante, ¡epa! No deberías haber esperado tanto para hacer una consulta. En fin, analicemos las opciones. Podríamos recurrir a otros métodos menos tradicionales, aunque me extraña que tantas pastillas no hayan funcionado. Dime una cosa, ¿confías en el remedio?

La mujer era inteligente, no cabía duda.

—Creo que ese es parte del problema, Marina. Tengo muchas dudas. Si mi cuerpo no es real, ¿cómo puede serlo un frasco de calmantes? ¿Cómo podría… funcionar?

Ella se mostró preocupada, pero decidió ser tajante. Ese nivel de duda no era seguro para nadie.

—Pues porque lo hace, Duoc. Ha curado todas las dolencias de la gente de Humanidad por ciclos. ¿Recuerdas alguna enfermedad que hayas tenido de niño?

Él sopesó la respuesta. Había tenido gripe más de una vez, y varicela. Los tés con miel, los jarabes, los remedios, le habían ayudado hasta entonces, pero no tanto como los mimos de su madre. Pensó en que éstos tampoco eran reales y sintió un escalofrío. Marina lo sostuvo fuerte de un brazo y le dijo, decidida:

—Tranquilo, Duoc, no pienses más. Voy a traer ayuda.

Una silenciosa luz roja se encendió sobre sus cabezas y dos Psicólogos se acercaron a prisa. Una pareja que paseaba el perro se detuvo ante la escena, pero fueron inducidos a bloquearse. En el fondo, Duoc sabía que su ataque de pánico era presenciado por cientos de miles de usuarios. Como leyendo su mente, Marina dio una orden y un gran domo negro que rezaba “en mantenimiento” cubrió al paciente y a sus tres terapeutas, ocasionando un suspiro de decepción en la plaza. Ella no prestó atención. El pobre hombre luchaba por su cordura.

—Duoc, basta. Necesito que dejes de pensar en eso.

— ¿En qué? —preguntó él. — ¿En Caos?

La mujer ahogó un grito de impotencia y lo sacudió con fuerza.

— ¡Que ni lo digas! ¿Me oyes?

Uno de los Psicólogos recién llegados lo derribó al suelo y se sentó a su lado.

—Hola Duoc. Mírame a los ojos. Me llamo Richard. Tranquilo, todo va a estar bien.

Él no le hizo caso. Miraba aterrorizado sus manos, que se habían vuelto ligeramente transparentes.

— ¿Estoy muerto, no? ¿Estamos todos muertos?

—Vas a tener una crisis, Duoc, suspéndete. Necesitamos tiempo —dijo la terapeuta de cabello pelirrojo.

—No puedo, no me sale…

— ¿Cómo que no? Si sólo debes dar la orden.

— ¡La estoy dando, pero no funciona!

—No cree en los remedios, no cree en la suspensión —observó Marina. Entonces Richard tuvo una idea. Eliminó el cono de bloqueo y señaló los alrededores.

—Observa, Duoc. No debes pensar en nada, sólo mirar el paisaje. Te voy a pedir una tarea muy simple. Necesito que menciones cinco cosas que veas aquí que te resulten interesantes.

Él negó con la cabeza.

—No puedo.

—Por supuesto que sí. Cualquiera puede hacerlo. Mira, empiezo yo. Veo una señora con un vestido rojo. Repite conmigo.

—Una señora con vestido rojo.

—Excelente, ahora continúa solo.

El hombre se incorporó y miró en derredor. El sol brillaba en lo alto y había pocas personas a la vista, que sospechaba que habían sido instruidas a actuar con normalidad. Una niña corría mirando el cielo.

—Veo… una cometa. Una cometa amarilla con una foto de esa cantante famosa. Sara Estrella.

—Muy bien, ¿qué más? —preguntó la otra Psicóloga a la vez que, satisfecha, guiñaba un ojo a los demás. La opacidad del paciente aumentaba y pronto estaría fuera de peligro.

—Veo columnas blancas. Cuatro. Representan las patas de un elefante. Hay otras tres construcciones idénticas a ésta en Humanidad, dispuestas en forma de cuadrado. Pertenecen al escultor Andrea Pierre, que quiso honrar el mito de los elefantes que sostienen el mundo.

—Excelente —dijo Marina. — ¿Y qué hay de la tortuga?

—Cuentan que está en Tierra y le dicen el Aleph. Aunque eso ya lo he olvidado hace tiempo, sólo me quedan las notas que tomé en su momento.

Marina sonrió con aprobación.

—Veo que la sesión vino con clase de historia y todo. Prosigamos que sólo faltan dos objetos y luego, si gustas, nos vamos a tomar un café y a pegarnos una revolcada.

Duoc se sintió animado. La mujer era muy bella, como todas en P.U., pero tenía un plus especial. Buscó algo con qué impresionarla. Señaló hacia el lago.

—Veo a una joven pareja en un bote. Él rema y ella sostiene una sombrilla blanca. Están vestidos de época. Lo que seguramente ellos no saben, es que, al comportarse tan recatadamente, están indicando que tienen un interés sexual complejo. Verás, hay algo conocido como “la doble moral victoriana”, que consistía en un código social muy estricto, de principios puritanos, y una práctica cotidiana promiscua. Deben ser unos depravados en la cama, esos dos.

La psicóloga lo miró halagada. Era evidente que el hombre, a pesar de su estado de pánico, la quería seducir.

—Suena por demás interesante. ¿Eres historiador?

—Entre otras cosas —respondió él con galantería.

Richard miró la hora con disimulada impaciencia. Las rodillas comenzaban a dolerle.

—Excelente trabajo, hombre. Sólo falta una cosa y te llevas a la rubia.

La psicóloga pelirroja fingió hacerse la celosa y él le festejó la ocurrencia, pero cuando volvieron a mirar a Duoc, notaron que su expresión había cambiado. Tenía la mirada desencajada puesta en el lago. Era evidente que había recordado al pez cuadriculado como su camisa, y la angustia había regresado con renovada fuerza.

— ¿Qué me miran? —espetó, furioso — ¿Están esperando que les nombre otro objeto, no es cierto? ¡Pues a ver qué les parece éste! ¡Veo un pez! ¡Pero no cualquier pez, ¿eh?! ¡Veo un pez cuadriculado! ¡Un pez imposible!

Richard activó nuevamente el cono negro. No quería asustar al resto de los pacientes. Duoc seguía gritando incoherencias.

— ¡Un pez a cuadros! ¿Cómo se puede ser tan IM-BÉ-CIL de poner un pez a cuadros en el lago? ¿Quién es el bruto, animal, ignorante que no sabe que jamás existió ni existirá un pez cuadriculado?

Los tres Psicólogos, en apariencia de veinticinco años, como él, pero en realidad un par de ciclos más jóvenes, lo miraban extrañados. Habían visto cientos de peces así, y muchas otras maravillas más.

—Lo perdemos —gritó Marina, desesperada.

Duoc miró sus manos por última vez. Estaban tan transparentes que apenas se distinguían del suelo. Echó una mirada suplicante a la mujer y, casi como pidiendo disculpas, musitó:

—Creo que estoy loco.

Luego, fue succionado por Caos.

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