Plus ultra – La vida detrás de los espejos. Cap.I

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El camisón de seda rosa se adhirió con delicadeza a su abdomen, para luego acariciar cada curva de su torso y deslizarse, finalmente, por su cabeza, dejando erizados los pelitos de su nuca. Con desdén lo arrojó al cesto de lavar, donde permaneció colgando de lado como la piel de una serpiente, en una posición que crisparía los nervios de cualquier neurótico. Luego se sacudió las pantuflas de conejito, que cayeron repiqueteando alegremente contra el suelo. Ya se acomodarían solas. Un temblor recorrió su vigoroso cuerpo de veinticinco años. El mármol de Carrara era frío, pero ella disfrutaba de la sensación cortante en la planta de los pies, que le recordaba a la del césped por la mañana. Al auténtico.

El lujo es una trampa” se recordó.

“¿Te gusta el mar? Aquí tienes uno, azul zafiro. Ahora, dime. ¿No lo disfrutarías más con una terraza desde donde oler la sal sin ensuciarte con la arena? ¿Y si le sumáramos un camastro, de esos que tienen gazebo y cortinas de lino?…”

La publicidad en la radio no hizo más que darle la razón. Después de todo, era justamente en la avidez por lo material donde descansaba el éxito de P.U. La superficialidad humana no era algo para tomarse a la ligera. Podía salvar vidas.

Despojada de ropa y de complejos hizo un doble pirouette en pointe y, tras una burlona reverencia, encendió el grifo. La presión era fuerte y pronto el baño se inundó de vapor. Ducharse parecía un acto fútil, al igual que otras tantas rutinas en Plus Ultra, pero ciclos de estudios habían arribado a una idéntica conclusión: se trataba de una necesidad psicológica. Era el secreto a voces que todos conocían y eventualmente olvidaban. Llegado el momento, ella también lo haría.

Aguantando la respiración encaró el cabezal de ducha y dejó que el agua le peinara el cabello hacia atrás. Luego abrió la boca y escupió un chorro tibio. El champú olía a miel y limón.

“Eres un postrecito delicioso, Alessandra” se felicitó mientras enjabonaba sus glúteos, redondos como una manzana. Luego se acostó en el suelo boca arriba, con los pies en dirección al agua y se relajó unos minutos. Le fascinaba todo aquello relacionado a los placeres sensoriales. No extrañaba el dolor en absoluto.

“Maldita decrepitud”-musitó.

Decidida a no dar cabida a los malos pensamientos, envolvió su largo cabello en una toalla y pasó un toallón grande y pesado por debajo de sus axilas. Luego se dirigió a la amplia bacha, donde reposaban, resbalosos por la humedad, los frascos de cremas y perfumes.

Antes de que el espejo se desempañara, dibujó con el índice la silueta de sus hombros, su largo cuello y su cabeza. A continuación, con el lateral de la mano derecha, limpió el agua condensada restante, revelando un rostro que sabía de ojos grises, como los suyos, aunque en ese momento éstos permanecían cerrados.

Tanti auguri, bella —saludó a la anciana del reflejo.

La mujer no se inmutó. Su cabeza inerte se sostenía a duras penas gracias a un arnés y sus sienes estaban cubiertas de electrodos. El cuerpo permanecía erguido, atado a una mesa ortopédica, como era de esperar a esa hora. No era saludable pasar la jornada entera en posición supina y ella deseaba prolongar la vida de ese cuerpo por el mayor tiempo posible. A las once en punto el robot enfermera la acomodaría boca abajo y a partir de la una del mediodía alternaría su posición entre sentada y acostada, hasta llegada la noche, cuando, si el dolor se lo permitía, ella regresaría a soñar un rato. No podría verla a través del espejo hasta la mañana siguiente.

“Ciento veinticuatro años y contando. Todo un récord”.

Suspiró ante la frágil apariencia de esa piel traslúcida, tan seca y agrietada como tierra en épocas de sequía y recordó con humor los tiempos de juventud en los que veía a los espejos como objetos narcisistas. Hoy en día, enfrentarse a uno era un acto de humildad y de coraje.

Apuntando la palma de su mano hacia el reflejo, encendió la cámara y tomó una foto. Pronto el collage de su vida estaría terminado.

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