Plus ultra – La vida detrás de los espejos. Cap II

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El fulgor del sol del mediodía sobre los bancos imitación piedra obligaba a los transeúntes a entrecerrar los ojos. La única señal de vida en la plaza era la monótona voz del surtidor de viandas, que anunciaba una y otra vez las promociones del día. El “diner” americano, en cambio, estaba a tope. En su interior, la música estridente y las luces de neón daban la ilusión de que era de noche. Las camareras llevaban las bandejas a la altura de sus batidos peinados y se deslizaban presurosas por las baldosas cuadriculadas, como en un extraño juego de ajedrez en el que sólo participaban los alfiles y las torres. Su objetivo era modesto: entregar los pedidos en menos de cinco minutos sin dejar caer el milkshake ni revelar el interior de sus cortas faldas.

—Yo no las entiendo, de verdad. Hay tantos empleos para elegir —observó Renata, sacudiendo la cabeza con desaprobación. Sus amigas cruzaron miradas de complicidad y soltaron una risita.

— ¿Cuál es el problema? ¿La parte repetitiva? —preguntó Natsuki. Ese día había atado su cabello fucsia y verde en pequeñísimas trenzas, lo que le hacía parecer más joven. Físicamente, todas tenían  veinticinco, al igual que el resto de los comensales. —Convengamos en que programar tampoco es un viaje a Selva.

—Al menos lo que hacemos es útil. Atender mesas es monótono, poco desafiante… pero también entorpece las cosas. Una máquina mesilla no derramaría ni una gota, ni confundiría los pedidos.

Marilyn apretó ligeramente los labios y subió los hombros en un gesto que pretendía lucir despreocupado, a pesar de que lo había ensayado durante horas frente al espejo.

—Te pierdes el encanto, tonta. El error humano es parte de lo retro. A mí me encanta, y a toda esta gente también, o ¿por qué te crees que están aquí? Hay más naturaleza y vida en este local que en el parque de enfrente.

Renata y Natsuki se miraron de reojo. 

—Te has despertado más profunda que de costumbre, Lynn —reconoció Renata con sincera aprobación. 

—Es que ya lo he pensado, lo de trabajar aquí. Y creo que me gustaría. Al menos podría vestirme sexy y conocer gente de manera tradicional.

Natsuki revoleó los ojos. — ¡Cómo estamos con lo tradicional y lo retro! ¿Eh? ¿Por qué no te mudas a “Retroville” de una buena vez? 

Marilyn arqueó una ceja, como sopesando la idea.

—Ojo que no estaría mal —se entusiasmó Renata. —Allí podrías cocinar pasteles y dejarlos airear en las ventanas y conducir un “Beetle” amarillo y pavonearte maquillada por la casa mientras aguardas a tu marido con la cena caliente. 

— “¡Honey, I’m home!” —dijo Natsuki con voz masculina, divertida ante la mera idea. —Vamos, Renu ¿te la imaginas con una falda por la rodilla? ¿A ésta, que anda todo el día en pelotas? No aguanta ni una semana. Además, está el temita del viaje. Tomarse una cápsula ida y vuelta todos los días te gasta el sueldo. 

—Es cierto —suspiró Marilyn. —Dicen que el próximo cuarto de ciclo aumentará el precio. Otra vez.

De pronto, algo vibró en la mesa. Era la mano de Renata. Ella giró su muñeca e hizo un gesto exagerado de fastidio.

—Lo que me faltaba. Nathan está en la esquina. Con la suerte que tengo, seguro viene para acá. Buena elección de restaurante, Lynn, muchas gracias.

Marilyn se llevó una mano a la boca, apenas ocultando una sonrisa traviesa. — ¡Perdón, amiga! Olvidé que frecuentaba este lugar. Pero ¿cómo lo has detectado? ¿No se habían bloqueado?

—Yo a él, sí, pero él a mí, no. Lo hace para fastidiarme.

Su mano vibró dos veces más, y luego tres. Era evidente que el muchacho se acercaba. Con un ademán exagerado que no ocultaba cierto gusto por el dramatismo, la muchacha silenció la notificación y el movimiento cesó. —Y bien, ¿lo ven? —preguntó a las otras dos sin voltearse.

—Ahí está, sí. Acaba de cruzar la puerta. ¿Qué hacemos? —preguntó Natsuki, entre dientes. Su pierna izquierda repiqueteaba imperceptiblemente contra la mesa, como ocurría siempre que estaba nerviosa.

— ¡Obviamente no estoy!

La mesa temblaba al ritmo de Suki. —Ay, chicas, es que soy pésima mintiendo.

—Déjenmelo a mí —dijo Marilyn y al instante una sonrisa se dibujó en sus labios. —Nathan, ¡hola! 

El muchacho ya se hallaba a espaldas de Renata, quien permanecía inmóvil para no delatar su presencia.

—Buen día, señoritas. ¿Cómo va ese almuerzo? 

—So far so good —respondió Lynn apoyando el  mentón en el dorso de su mano. El idioma universal no admitía la pluralidad de lenguas, pero había cierta permisividad con las frases hechas. — ¿Y tú, querido? ¿Cómo llevas la ruptura? 

Él se puso cara de circunstancia y metió sus manos en los bolsillos del jean. —Aguantando, no queda otra. ¿Por casualidad, se encuentra Renu con ustedes?

—Hoy, no, qué pena —dijo Marilyn, mirándolo fijamente a los ojos. —Tenía una de esas reuniones de scrum, y… eso, ya sabes—agregó, revoleando los ojos. A su lado, Natsuki jugaba cabizbaja con una pajilla, procurando disimular el rubor de sus mejillas tras las coloridas trenzas. Él observó la mesa con detenimiento, y contó tres platos con sus respectivas malteadas.

—Entiendo —respondió con un gesto desconfiado. —Cuando la vean, ¿podrían decirle que la estoy buscando? Me parece muy infantil su actitud de bloquearme así, sin dejarme darle una explicación. Creí que era más adulta, pero está claro que es una niñata.

El señuelo surtió efecto y Renata se materializó de repente en el lugar vacío. Con furia hizo la silla a un lado. 

— ¿Infantil, yo? ¿De veras, Nathan? Pues no tengo problema de decírtelo en la cara. Eres un sinvergüenza.

Él apretó los dientes y amagó girarse en retirada, pero luego pareció cambiar de opinión y la tomó bruscamente por los hombros. 

— ¿Qué es lo que quieres de mí, mujer? ¿Volverme loco? Tenía que provocarte, para que me desbloquearas y podamos tener una charla civilizada. Sabes que te quiero. ¿Por qué me haces daño?

— ¿Daño? ¿Fui yo la que olvidó tu cumpleaños porque me estaba fornicando a media Humanidad? —Los gritos estridentes de Renata se interrumpieron cuando ésta fue súbitamente consciente del silencio del entorno. Todo el diner estaba pendiente de su discusión. Dos camareras se codearon cuando una mujer tomó a su hijo y se largó, dando un portazo. Nathan, en cambio, parecía cómodo siendo el foco de atención. Hasta parecía inflar el pecho, el bastardo, sintiéndose halagado.

—Bueno, gracias por pensar que tengo ese tipo de energía, querida. 

Marilyn y Natsuki se miraron de reojo, procurando sin éxito no reírse. Renata se inclinó con lentitud, como si quisiera hacerse invisible al regresar a su lugar en la mesa. Él se ubicó a su lado y puso una mano sobre su rodilla. Ella seguía hablando por lo bajo.

— Aunque hubiese sido sólo una persona, Nate —murmuró, avergonzada — ¿qué pasó con eso de probar la monogamia, aunque sea medio ciclo? ¡No aguantaste ni un cuarto de ciclo! ¡Ni un cuarto de cuarto! ¡Eres un cerdo!

Él la rodeó cariñosamente con el brazo.

—Eres injusta, querida. Y me ofendes, si es que acaso te importa. Eres tú la que anda con esas ideas ridículas sobre las almas gemelas, y yo el hazmerreír que se aguanta tus experimentos. Lo he intentado, porque de verdad te amo, y estoy dispuesto a hacerlo otra vez, llegado el caso, pero no es correcto querer cambiar así a otra persona. No valoras nada de lo que hago por ti.

Renata miró a sus amigas como pidiendo apoyo, pero ellas se encogieron de hombros y bajaron la vista. Era evidente que estaban de acuerdo con el muchacho, quien decidió aprovechar el momento de debilidad para sacarla del bar.

— ¿Podemos hablar en otro sitio? ¿Más tranquilos? 

—De acuerdo —aceptó ella subiendo el tono y mirando alrededor. —Vayamos a un lugar donde la gente se ocupe de sus propios asuntos.

Se incorporaron tomados de la mano, mientras algunos clientes aplaudían y silbaban. 

—Tranquila, chica, nosotras pagamos la cuenta —susurró Marilyn mientras agitaba la mano en un saludo digno de Miss Universo. 

La parejita ya cruzaba la puerta y no se dio por enterada. 

—Allí va otra vez, la pobre —suspiró Natsuki, sacudiendo la cabeza.

—Es nuestra amiga y sabes que la adoro, pero él… qué paciencia, también.

—Se pasa de bueno, Lynn, lo sé. Aunque hay que tener en cuenta el tema de la edad, porque esos dos podrán verse iguales, pero él le lleva como tres ciclos. 

—Al menos, eso dice. A veces intuyo que miente, porque se comporta como un adolescente, ¿no lo crees, Suki?

—Quizás tengas razón. Imposible saberlo —respondió ésta mientras apuntaba su Symbŏlum al lector de la mesa. —Hoy invito yo. En mi opinión deberían ser públicos, los ciclos. Evitarían malos entendidos.

—Sería lo ideal —asintió la rubia a la vez que tomaba un paquete de goma de mascar de su bolso plateado —pero claro, a los híbridos no les conviene. Revelaría su identidad al instante, pues ellos no se resetean. 

Natsuki la miraba, boquiabierta.

—Es cierto, nunca lo pensé así —reconoció. —Definitivamente estás rara hoy.

—Ya, dilo —la desafió Marilyn, risueña.

—Estás más… ¿inteligente? Sin ofender.

Marilyn soltó una carcajada en dirección al techo. Sus grandes labios rojos dejaban entrever unos dientes cuadrados y perfectos.

—En absoluto. A veces me permito bajar la guardia, cuando estoy en confianza.

— ¿Me estás diciendo que el resto del tiempo te haces la tonta a propósito? Pues te sale demasiado bien —rio Natsuki.

—Qué puedo decir —suspiró Lynn. —Los caballeros nos prefieren rubias y algo bobas.

—No creo que sea tan así. 

—No me molesta. Yo sé muy bien  lo que valgo y me encanta juntarme con los varones, siempre y cuando no me pidan que seamos almas gemelas —aclaró, llevándose una mano al corazón.

— Almas gemelas ¿Habrá algo más retro que eso?

—Almas gemelas. Para pelear y discutir.

—Por los ciclos de los ciclos.

—Amén. Paso.

—Ni hablar, amiga. Yo también.

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