Plus Ultra – La vida detrás de los espejos. Cap III

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Olivia ubicó el posa fuentes redondo de madera en medio de la mesa. Luego apagó el horno y, sin molestarse en quitarse las mullidas manoplas floreadas, empujó con un codo la puerta de entrada. El frío repentino le cortó la respiración. Afuera todo era blanco y gris. El marco perfecto para una soledad palpable, pero irreal. Al son del timbre de salida, las puertas del colegio se abrieron de par en par y el paisaje se alegró con las coloridas camperas de cientos de niños que descendían animadamente el cerro, evocando sin saberlo una fugaz primavera. Al final del camino tomarían el teleférico que los dejaría en la estación del flashtren. Una figura verde fosforescente se alejaba presurosa hacia la bifurcación. Era Tatiana, su hija de diez años.

La pequeña acostumbraba regresar sola, pues era la única que no vivía en la Capital. Miró con envidia al gran aparato ovalado que pasaba silencioso por encima de su cabeza. Pronto regresaría repleto de niños. Lo había tomado en incontables ocasiones, ya sea camino a casa de un amigo, o para pasear con sus padres por la ciudad, pero la falta de esa rutina que tenían sus compañeros le dejaba el sabor amargo de estar perdiéndose algo. Afortunadamente, contaba con la buena predisposición de Noelia y Kim, que siempre llegaban temprano al colegio y la ponían al tanto de las novedades. Su mejor amigo era Ulises –Zorro en P.U.- pero éste había nacido con una condición genética debilitante que había empeorado con el tiempo hasta dejarlo finalmente postrado, una semana atrás. Era altamente improbable que pudiera regresar al colegio, motivo por el cual sus padres, ambos militares, habían tomado la decisión de sedarlo y dejarlo al cuidado de las máquinas, retomando sus trabajos en Sub-T.

— ¡Pronto, que hace frío!

Una figura familiar, en bata y pantuflas, le hacía señas desde el umbral de la puerta. A veces se avergonzaba del modo simple y monótono de vestir de su madre, típico de alguien que no sale de la casa, pero dejando esa nimiedad de lado, le tenía admiración. Olivia era la única purista que quedaba en el planeta. Jamás se había conectado a P.U. y no planeaba hacerlo. Incluso había conocido a su marido – su padre- de manera tradicional, en la fila del mercado. Era irónico que alguien con esa ideología terminara enamorándose del líder del mundo virtual, pero justamente de eso se trataba el verdadero amor. No era opcional. De todos modos, llevaban sus diferencias en forma civilizada. Él tenía la oficina fuera de la casa y entre ambos habían acordado limitar las horas de conexión de la hija en pos de una infancia saludable. Conversaban las cuestiones laborales como cualquier pareja, sin entrar en terreno pedregoso o asuntos morales.

Su madre la estrechó en un cálido abrazo de oso.

— ¡Mi gatita! ¡Cómo te extrañé! —Siempre se despedían y reencontraban con exageradas muestras de cariño.

—Solo me fui por cuatro horas, madre —respondió ella fingiendo adultez, aunque sin soltarse de su abrazo. Eventualmente tuvieron que desprenderse para poder pasar por la puerta. El comedor olía a salsa de tomate y la niña se sentó apresurada a la mesa.

— Esperemos a tu padre, que ya avisó que está en camino. —Eloy trabajaba en un gran edificio cuesta arriba detrás del colegio, el cual, junto a éste último y a su propia casa, habían formado parte en su momento de un gran complejo hotelero. Hoy en día, era el centro de reuniones de P.U. en Tierra, aunque rara vez se utilizaba. Las reuniones de la Junta se realizaban de forma virtual.

— ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Olivia mientras le servía un vaso de agua.

—Re bien, má, logré hacer dudar a la maestra y me dio un crédito por eso.

— ¿Otra vez? ¡Qué gran noticia! Cuéntame cómo fue.

Tatiana se incorporó de un salto y comenzó a caminar de un lado al otro, como hacía siempre que estaba entusiasmada.

— ¿Recuerdas la tarea que estuve preparando?

— ¿Las reglas de convivencia para un mundo utópico?

—No, no. Eso fue para Ética. Hoy tuvimos Filosofía.

—Ah, sí, ¿elegiste a Descartes, al final?

—Obvio, duh, es mi preferido. Bueno, después de hacer un resumen sobre sus principios e ideas, había que relacionar a éstos con P.U.

—Eso suena difícil. ¿Cómo hiciste?

—Expliqué que a veces consideramos a los digitales como ciudadanos de segunda, como si no fueran reales. O, sí, pero menos que los híbridos. Descartes podría resolver fácilmente esta situación. Bastaría con que alguno de ellos se preguntase: “¿pienso?” y, como la respuesta sería “sí”, se podría quedar tranquilo de que existe, independientemente de lo que le digan los demás.

—Me parece muy interesante, hijita.

—Pues hay más, porque de ahí surgen dos preguntas. La primera es: ¿cómo prueba su existencia al resto? En ese momento la maestra nos explicó el interrogante del árbol y el bosque.

—Lo recuerdo. “Si un árbol cae en el bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”

—Ese. Aunque no hay una respuesta correcta.

— ¿Y por eso te dio el crédito? ¿Porque no lo supo responder?

—No, porque esa no es una duda nueva. Hay toda una rama de la metafísica que se pregunta si algo puede existir sin ser percibido. El crédito me lo dio porque dije que, en caso de aceptar como verdadero lo que nos digan los digitales de “Humanidad”, o incluso los de “Selva”, los de “Caos” seguirían siendo un misterio, pues se dice que allí todo es locura, fragmentación, y fusión, y sus habitantes no saben dónde terminan ellos y empiezan los demás. ¿Eso implicaría que no existen? Sería extraño, porque todos conocemos a alguien que terminó en Caos. Supongo que nunca lo sabremos, porque nadie regresa de allí como para contarnos qué ocurre.

—Comprendo —dijo la madre.

—La maestra dijo que mi propuesta fue interesante, porque lleva a preguntarse más cosas, por ejemplo, si la gente de Caos no tiene consciencia de sí misma, ¿podríamos eliminarla? ¿O eso sería inmoral?

Una ráfaga de viento helado atravesó el comedor y dio la conversación por concluida. Olivia fue en busca de la carne con salsa que humeaba tentadora en la cocina.

— ¡Papi! —Exclamó Tatiana. Eloy dejó el abrigo en el perchero y tomó a su hija para levantarla por los aires. Luego frotó su nariz contra la suya como si fuesen esquimales.

— ¿Cómo están las mujeres de la casa? —Sus piernas estaban entumecidas por el frío y le resultó difícil agacharse. —Ten, pequeña —le dijo a la niña mientras ponía en sus manos un puñado de semillas.

—Eloy —reprochó Olivia a sus espaldas — ¿No crees que es un regalo demasiado delicado para una pequeña?

Él se encogió de hombros. —Creo que ya está en edad de cuidar su propia plantita.

—Gracias, padre —dijo ella, confundida. — ¿Las vamos a llevar al invernadero?

— Oh, no, nada de eso —respondió él a la vez que se incorporaba con un quejido. —Éstas serán pura y exclusivamente tu responsabilidad. El desafío es que consigas hacer crecer al menos una, hasta que dé sus primeros frutos, sin ayuda de ninguna máquina.

La niña lo observó con recelo.

— ¿Y cómo se supone que haga eso?

—Pues como todo, te buscas un tutorial.

—De acuerdo, padre. ¿Y cuál es el premio, si lo logro?

—Eso mismo, lograrlo.

—No entiendo.

—Tranquila. Lo harás.

—De acuerdo —resopló ésta —después de comer buscaré información. Voy a pedirle a Zorro que me dé una mano.

Su madre pareció molesta.

—Preferiría que no pasaras tanto tiempo en P.U. ¿No puedes simplemente usar Internet en la computadora?

—Como poder, puedo, pero es que es mucho menos divertido.

Olivia clavó sus ojos en Eloy, pero éste prefirió eludir el tema.

—Me contó un pajarito que hay un concierto de Sara Estrella en P.U. el viernes por la noche, ¿te gustaría ir?

La niña abrió los ojos como platos.

— ¡Claro que sí! ¿Puedo ir? ¿Puedo?

Olivia no pudo contener una sonrisa ante el entusiasmo desenfadado de su hija, que minutos antes parecía una pomposa intelectual.

—Lo haces ver como que fue tu idea —reprochó a su marido. Éste se apresuró a corregir la situación.

—Lo hemos charlado con tu madre y ambos pensamos que ya estás en edad de asistir a ese tipo de eventos, siempre y cuando Ulises te acompañe. Pero recuerda que hay un precio que pagar.

—Recuperar las horas de conexión —respondió ella como en un cantito de fastidio. —No es justo. Mis amigos se conectan todo el tiempo. Y a Zorro no lo puedo ver en Tierra, ya ni siquiera acude a clase.

Su padre la miró con marcada preocupación.

—Pobre Ulises ¿es que acaso su enfermedad ha empeorado?

—Me ha dicho que ya no sale de la cama —confirmó la niña.

—Olivia, ¿cómo no me avisaste? —reprochó el hombre a su mujer.

Ella se llevó ambas manos a la cintura, lo que le dio el aspecto de una tetera enfadada.

—Te lo dije ayer, Eloy, ¿es que nunca me prestas atención?

—Lo siento, querida, tienes razón. Ando con muchos problemas, últimamente.

—Que deberían quedar en el trabajo. No quiero a Theo aquí las veinticuatro horas, yo no me casé con él.

—Estoy de acuerdo, pero a veces es difícil. —Luego, dirigiéndose a su hija, agregó: —No te preocupes, gatita. Voy a solucionar este asunto ahora mismo.

— ¿Le vas a conseguir un espejo? —preguntó ella, ilusionada.

—Por supuesto.

— ¿No es que son demasiado costosos?

—Lo son, querida. Pero es para este tipo de situaciones que tenemos tanto dinero. Será un placer ayudar a tu amigo. Es un buen chico, el Zorro.

— ¿Dinero? ¿Nosotros? ¿No es que somos pobres? —preguntó ella, confundida.

Ambos padres se miraron con sorpresa. Olivia se encogió de hombros.

— ¿Nosotros, pobres? ¿De dónde sacaste eso? Somos una de las familias más ricas.

— ¿Del Sur?

— ¡Del mundo! —dijeron ambos a la vez.

Ella no pareció convencida. — ¿Me están tomando el pelo? ¿Por qué viviríamos así, entonces? ¿Con tecnología vieja, pocas máquinas, alejados de todo y de todos?

Su padre le guiñó un ojo.

—Porque, además de dinero, tenemos algo que la mayoría no posee.

— ¿Qué cosa, padre?

—Buen gusto.

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