El acto final

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La angustia cedió paso a una firme determinación. Por última vez dejaría a un lado al hombre sociable y encantador del espejo para convertirse en un infrahumano al que despreciaba, pero que en cuya piel había recibido los mejores reconocimientos de su carrera. Respiró hondo y se zambulló en el personaje.

Llegar hasta ese camerino de lujo había sido toda una odisea. El “señor Fortunato” era demandante. Comprenderlo implicaba dejar los hábitos saludables: beber alcohol para dominar los movimientos de un ebrio, dormir mal con el objetivo de desarrollar ojeras naturales -despreciaba el maquillaje- y fumar con avidez hasta aprender a formar círculos de humo. Con los años había ganado una pequeña panza cervecera que no veía la hora de quemar en el gimnasio. Pero los cambios físicos no serían suficientes para ganar una estatuilla de oro, una estrella en el suelo, un libro sobre su trayectoria. Debía entregar su alma.

Y lo había hecho, qué demonios”.

Noches a la intemperie, añorando entre sorbos de vino avinagrado su departamento de lujo. Horas interminables de ensayo frente al espejo. Aislamiento total de familia y amistades. Pronto dominó el rol y pudo prescindir de la mala vida, aunque cierta oscuridad se había adueñado de una parte de su ser. Con inquietante facilidad podía evocar el frío, el miedo, el olor agridulce de los contenedores de basura y la culpa; todo desde la comodidad de su piso millonario en la ciudad. Cada vez mejor.

La obra resultó un éxito por años. Un clásico. Él se volvió la obra. Hubo giras, suficientes galardones como para desensibilizar la emoción de recibir uno, y luego más y más premios, y más giras, y millones y millones de dólares. Era un trabajo intenso. Los compañeros rotaban. Él no. Una tarde de éxito con sabor a vida malgastada había anunciado su retirada.

Y allí estaba ahora, en la que sería la noche final. Con el teatro a tope y actores de renombre de todo el mundo desesperados por tomarse una foto con él. Nada de eso le importaba al joven alegre del espejo. Sólo quería ser libre.

“Dos horas” le dijo. “Dame sólo dos horas”.

Fue la performance de su vida. El público rio con él, lloró con él, murió con él. Ya en el camerino, vuelto leyenda y salido del trance, pensaba en cómo recuperar su vida. Un guiño al espejo bastó para despedirse del monstruo. Con una navaja -que no era de utilería, pues gustaba de lo real hasta las últimas consecuencias- se arrancó el disfraz, desgarrándolo en largas tiras. Nadie volvería a usarlo. De un dramático tirón se deshizo de la barba. Unas gotas de sangre salpicaron el suelo y el cuerpo le empezó a temblar, pero nada importaba ya. Su limusina lo esperaba en la salida secreta. Tenía sólo cuarenta años y dinero para mantener generaciones, en caso de que quisiera formar una familia.

En el último momento optó salir por la puerta principal para una pequeña degustación de fama. Se lo merecía. Un cerco de mudos periodistas se acercaron lentamente y lo rodearon en silencio. Algo andaba mal.

En un acto reflejo se miró las manos y las descubrió empapadas en sangre. De sus brazos en carne viva colgaban jirones de piel. Recién entonces fue consciente del dolor y se desvaneció sobre el charco rojo carmín que se había formado rápidamente bajo sus pies, brillante ahora ante la luz de cientos de flashes. Ni siquiera pudo gritar. Los presentes aplaudían eufóricos, mientras que un rostro conocido se acercó con espanto y lo tocó con extrema cautela. Era su mánager. Su amigo.

— ¡Llamen a un médico, por el amor de Dios! —imploró con ojos desorbitados.

Entonces reinó el caos.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/kingfisher-32080

2 Comentarios

  1. ¡Wow! qué buen relato, fuerte, intrigante. Al final el personaje estaba tan metido en él que quitárselo implicó algo más que despojarse del vestuario. Muy bueno, me gustó mucho.

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