El árbol genealógico

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Ese feriado tenía por destino la ciudad. Ante mis ojos encandilados se abría una autopista soleada y fresca, casi plateada. Unos pocos madrugadores cruzaban por la vía contraria, probablemente camino a los verdes campos que yo acababa de dejar atrás, desperezándose aún la escarcha.

La calle Carhué, en el barrio de Liniers, parecía congelada en el tiempo. Era cierto que se veían menos reposeras en las veredas y más rejas en las ventanas, pero los árboles de plátano seguían haciendo travesuras, dejando caer pequeñas pelotitas que se deshacían en alérgica pelusa. De pequeño, cuando visitaba al abuelo Oscar, me divertía arrancando las cascaritas de sus cenicientas cortezas, descubriendo porciones tersas y vírgenes de sol. A mayor tamaño, mayor satisfacción. Y es que los árboles encierran más capas que una cebolla.

Compré una bolsa de cuernitos y palmeritas en la panadería, que permanecía en el mismo lugar y bajo el mismo cartel -aunque atendida por diferentes rostros- y caminé con parsimonia las dos cuadras que me separaban del taller.

Don Cacho aguardaba con el mate. Usaba como siempre pantalones caqui demasiado altos para su talle y boina negra. De su bolsillo trasero colgaba un pañuelo de tela arrugado en mil pedazos y un puñado de llaves que advertían de su llegada, como un cascabel en el cuello de un gato. Aunque sólo disfrutaba de una cerveza ocasional, su nariz se asemejaba a la de un alcohólico; pequeñas venitas moradas atravesaban sus pómulos hasta llegar a las escleróticas, resaltando el azul de sus iris. Jamás vestía de corto, pues sufría una insuficiencia venosa grave que le dejaba las piernas tirantes, negras y brillosas. Yo tenía el mismo problema, pero totalmente bajo control gracias a un estricto cuidado médico.

— ¿Cómo se encuentra tu madre? —inquirió sin preámbulos mientras se acomodaba en una butaca demasiado baja para sus rodillas.

Mis mejillas ardieron.

—Ahí anda. Algo triste, como ya imaginará. Quería mucho a ese gatito.

—Lo sé, lo sé. “Cleo”, ¿no? Pero bueno, qué mejor indicio de que la vida sigue, que este pequeñín que tengo acá.

Me extendió una gran lata de galletas de las de antes en la que dormía plácidamente un pequeño ovillo marrón. No tenía papeles, pero su pedigree era valioso: se trataba, ni más ni menos, del tatara-tataranieto de la gata de la infancia de mi madre; pariente también de su recientemente fallecida mascota. Además de un viejo amigo, Don Cacho era el celoso guardián de la línea de descendencia de “Mimí”, cuya foto en sepia aún colgaba en la pared de la casa de mis progenitores. Papá conocía la procedencia de las mascotas, pero estaba implícito que hasta ahí llegaba la relación. Era mi rol llevarlas desde Liniers hasta el departamento de Belgrano.

Con el felino en el regazo y en cómodo silencio, compartimos unos mates con el viejo conocido, con quien no podía mostrarme en público dada nuestra alarmante semejanza física. Paquete en mano regresé al auto. Aún tenía pendiente la entrega del minino y un almuerzo de ravioles caseros que se extendería hasta la hora de la merienda.

En el camino me pregunté si alguna vez me dirían la verdad cara a cara. Un tierno “miau” en el asiento trasero me recordó que al menos teníamos un parentesco oficial.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/kyotousagi-60845

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