El país de los niños

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Sólo sus habitantes se refieren a él con su verdadero nombre, que no viene al caso. Para el resto del mundo, es y será siempre «El país de los niños». Si bien no soy oriundo de allí, mis viajes de negocios me han llevado a cruzar sus fronteras con una frecuencia que dista de ser óptima; ni lo suficientemente seguido como para acostumbrarme, ni lo suficientemente espaciado como para resultarme ajeno. Sé que algún día haré a un lado la esperanza y entonces podré disfrutar de la experiencia. Quizás, incluso, la recuerde con nostalgia, o con la fascinación de la primera vez que bajé de la estación y un niño en uniforme de guardia me hizo un ademán de saludo con la visera. Allí, los pequeños constituyen aproximadamente el 92% de la población, y se ven obligados a ejercer todo tipo de ocupaciones, desde pasear perros o dar clases de idiomas, hasta construir edificios. Son seres superdotados y lo saben. Los que trabajan de CEO pueden ser particularmente pedantes. Los puestos creativos son ocupados por el 8% restante, los extranjeros nacionalizados, atraídos por el canto de sirena de la eterna juventud. ¿Quién podría juzgarlos?

El ciudadano promedio alcanza la edad productiva a los diez años y el techo intelectual tres años después. Preparados para un mundo competitivo desde que dejan la teta, son capaces de realizar los más variados trabajos, desde empleados de correos hasta contadores públicos, operarios, vendedores y proveedores de servicios varios. La libertad que reciben a cambio la ejercen con una naturalidad que esconde desprecio. La vida les aburre. Quizás ésta sea la razón por la cual algunos buscan emociones fuertes, como conducir bajo los efectos del alcohol, poner música estridente para atontar los sentidos -y pobre del vecino «mala onda» que se vaya a quejar por eso- o aferrarse a cada moda pasajera con la pasión de la que sólo es digna un ideal.

—Son niños —repiten los adultos como un mantra.

A mí, particularmente, me parecen unos resentidos. Hablan pestes a espaldas de sus semejantes, son impuntuales, vagos mentales, incapaces de cumplir una promesa. Cuestionan la realidad con sus mentes torcidas, llegando a las conclusiones más inverosímiles y caprichosas. En su búsqueda de dar un sentido a la existencia han terminado por destrozar el concepto de verdad.

—Y pues, ¿qué esperas? Sólo son niños —insisten mis amigos, los pocos que tengo en este país.

Yo asiento con pena. Intuyo su miedo disfrazado de condescendencia. Saben -no podría ser de otro modo- que su hogar está subyugado a los caprichos de esa horda de seres subdesarrollados, que continúan engendrando niños, hijos de niños que serán, a su vez, niños para siempre.

Lo sé, lo sé, no debería ensañarme, son sólo niños, diría usted también. Pero procure por una vez ponerse en mi lugar. ¿Cómo habría de comprenderlos yo? ¿Alguien que nunca, nunca jamás ha sido niño?

Imagen: Niños Y Jovenes Empresarios Exitosos (negociosyemprendimiento.org)

NATALIA DOÑATE

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