El tío Pepe

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— ¿Alguien vio al tío Pepe? 

Queda poca gente en la fiesta, pero si de algo estoy segura es de que el tío Pepe no vino a despedirse. Acepto con resignación estoica la misión de preguntar al resto de los invitados si lo han visto, mientras la feliz pareja le aparta un souvenir para la próxima vez que lo vean –qué dirían si supieran que el mío, apretado en mi terriblemente inútil cartera de fiesta que acaba de arruinar con glitter, va a sufrir un accidente camino al auto.

Cuarenta minutos más tarde, la situación no es clara. Dice su amigo Víctor que lo vio pidiendo un champagne en la barra, pero eso ocurrió después de la mesa dulce, lo cual refutaría la hipótesis de mi primo, que dice que siempre se va antes para no tentarse. La abuela Elsa cree haberlo visto a las cuatro y media de la mañana haciendo fila para el baño, pero todos sabemos que la pobre no ve ni dos montados en un burro y queda descartada como testigo. No se ofende, a cambio de otro pedazo de torta. Mi cuñada, que siempre lo confunde con el tío Carlos, asegura que está dormido en el sillón de la recepción -oh sorpresa, otra vez se trata del tío Carlos.

En definitiva todos lo vimos llegar, impecable con su traje azul marino y un paquete gigante rojo -a pesar del pedido expreso de los novios de no llevar regalos a la fiesta- pero su partida es un misterio. Confiaremos en que llegó bien. Está acostumbrado a manejar borracho.

Con la clásica nostalgia de una resaca incipiente me dejo caer en el sillón y pienso en mis hijos, cuyos sueños estarán desplegando alas en casa del padre. Me invade la necesidad instintiva de darles un beso en la frente dormida, siempre transpirada a pesar de que ya no son bebés. Otro momento perdido. Quedan muchos, muchísimos por delante. Pero no éste. 

Contracciones que van en aumento, un diente de leche que se mueve, el intento frustrado de un primer paso -y llanto. Ésos son momentos respetuosos, corteses, que dan el preaviso correspondiente para que uno tenga preparada la cámara (ya sea la de fotos, ya sea la de la memoria). También los hay de los que nos toman desprevenidos, como un ataque de asma severo, una caída desafortunada, una noche de terror y culpa en el hospital. Pero no por desagradables pasarán al olvido. Y es que la memoria se lleva muy bien con el factor sorpresa. Amiga también de la ironía, nos trae recuerdos que desearíamos descartar.

Pero los momentos que duelen, los que realmente me rompen el corazón, son aquellos que me perdí estando ahí, ojos abiertos y mente alerta. El último pañal, el último “mamá” mal pronunciado tras una pesadilla, el último “upa” antes de hacerse demasiado pesados, y quién sabe -¡horror!- cuántos más vendrán.

Son esos momentos desconsiderados que, cual tío Pepe, nos abandonan en medio de la fiesta; escondidos en la rutina, mimetizados con decenas de momentos parecidos. Momentos que escapan descalzos y en puntillas, dejándonos con tan sólo una abstracción de recuerdo; una suma de recuerdos similares que no reemplazarán a ese último, a aquel que merecía un beso de despedida.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/atukker-35271

1 Comentario

  1. ¡Excelente!!! ¡Muy lindo cuento, corto y al pie. Me sentí reflejada… ¡Qué rápido se pasa la vida!!! Esos momentos descalsos que se nos escapan en puntitas de pie…

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