Espejito, espejito

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La cafetería de la esquina del gimnasio, una franquicia más de esas tantas donde -sonrisa mediante- te preguntan el nombre sólo para luego escribirlo en un vaso de plástico para llevar; lugar de relaciones y dietas rotas, tenía planes para mi humilde persona esta mañana. Presentarme a Analía.

Hubo complicidad entre el vendedor -quien tenía muy mala letra- y el pequeño espejo del mostrador, que aprovechó mi distracción crónica para engañar a mis ojos con su reflejo distorsionado, pero simétrico, de la realidad, y me hizo leer “ArIANA”. En cualquier caso los esfuerzos de ambos habrían sido en vano de no ser por la misma ANAliA, que, ajena a sus elucubraciones, seguía con vista atenta a su café.

Resulta que a ambas nos gusta aguado, con leche descremada y un “toquecito” de esencia de vainilla. De no ser por ella, habría seguido con mi día irresponsablemente invertida, tomando el reflejo de mi café con la mano izquierda. Una casualidad llevó a la otra y la suma de todas -sólo una mesa libre frente a la ventana, edulcorante, “mi cita me plantó”- terminaron en una causalidad. Nos sentamos en la misma mesa a desayunar.

Analía es intensa y súper ácida. Ni un dejo de vainilla. Nos entendimos perfecto. Charlamos por más de dos horas, riendo con esa risa genuina que no necesita alcohol de por medio. Uno a uno rompimos a conciencia todos los protocolos de conocer a alguien. Y lo disfrutamos. Contamos intimidades, nos burlamos con cariño de nuestros maridos y hasta hicimos algún que otro chiste picante. Descubrimos que ambas odiamos a las masas, que sentimos que no encajamos. Elegimos exigirnos, darnos la cabeza contra la pared, conocer gente auténtica, única.

Sentados frente a frente, nuestros cafés se entretenían comparando sus reflejos en la ventana. Para la segunda ronda habíamos intercambiado nuestros nombres a propósito (el vendedor nunca se enteró) y caído en la cuenta de que nuestros hijos iban al mismo colegio. Y sí, los “grupos de mamis” son terribles, pero no tanto como las redes sociales, que le arruinan la cabeza a cualquiera. ¿Mencioné que a ambas nos gusta el helado de menta granizada y las pasas de uva en las empanadas? Es crucial.

Después nos pusimos serias. Porque hay que saber ser serio, también. Compartimos información interesante sobre la VISA y sobre la ciudadanía italiana. Hablamos de los sueños que se quedaron en el camino y de los otros que se cumplieron, pero que no resultaron como esperábamos. A las dos nos pasa que somos tan frontales, que cuando hablamos en serio, la gente cree que se trata de un chiste.

Nos despedimos con un abrazo –vale aclarar que no somos de las que abrazan. Un transeúnte distraído diría que fue amistad a primera vista.

Yo espero no verla nunca más.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/bryanscott-46851

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