“Hola peque;a”

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Ayer, ocho de agosto, no pensé en vos. Ni una vez. No hubo silencios evocadores enaltecidos con aroma a velas color vainilla. Ningún soneto se coló en mi mente -ni siquiera el de Argos, el fiel can- y definitivamente no calculé cuántos años cumplirías -107, ¡pero es que es un cálculo muy sencillo!-. Tenía otros asuntos en mente. Un vehículo que no está a mi nombre estacionado en la cochera y otra pérdida de agua bajo la ventana de la cocina. Tarea inconclusa de italiano.

Confieso que, en parte, me aburrí de festejar sola. Diez años de las mismas fotografías que ya conozco de memoria, de emojis de flancitos y copitas de vino en mis estados de Whatsapp y de ojeadas a La Ilíada y La Odisea, siempre silentes en los estantes, sin más novedad que compartir que la decrepitud periódica de sus páginas.

Tu escultura “Burli Burli” se quedó con el saludo en la mano cuando crucé airosa frente a la chimenea. El sodero aguardaba con los bidones bajos en sodio. Y es que la vida sigue y la gente necesita beber líquido, especialmente en este barrio, donde el agua de la canilla no es corriente sino de pozo. Los brindis y los discursos imaginarios quedarán para otro momento.

Recién por la noche mencioné el tema al pasar. Él me observó extrañado.

— ¿Era hoy?

Y adiviné la sorpresa en sus ojos: “¡Pero si fue un día de lo más corriente!”.

¡Pues claro! ¿qué pretendía? Uno se cansa, se aburre. O quizás comprendí que cuanto más pienso en vos, más pienso en realidad en mí pensando en vos. Es una idea compleja, lo sé. Se me ocurrió ayer por la tarde, cuando me hallaba divagando frente a tu Royal Underwood a la que aún le falta la “ñ” (aquí debo recalcar que la elección de la ubicación fue puramente práctica; quería disfrutar del lago desde un ángulo diferente). Recibí la visita de dos cisnes de cuello negro -abundan por estos lares- y admiré la simpleza dignificada del plumerito en su lucha contra el viento. Se asemeja a esos muñecos inflables que los niños golpean para que vuelvan a erguirse. Fue un buen día, ayer.

Hoy, mis ganas de repetir la experiencia me condujeron nuevamente frente a tu máquina de escribir. Ahora estoy confundida.

¿En qué momento escribí “hola peque;a”?

NATALIA DOÑATE

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