En la noche

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Don Aurelio cambió otra vez de posición; esta vez hacia la izquierda. Las sábanas se sentían arrugadas en su rostro y el colchón se hundía justo a la altura de su cadera, ensañándose con su dolor lumbar. Por la ventana cerrada se filtraba el viento, ocasionando molestos temblores. A su lado, ella roncaba.

Sintió el ladrido de los perros. Había alguien afuera. Tomó con prisa la escopeta que guardaba a un costado de la cama y, dejando la frazada en su sitio para no despabilar a su mujer, se dirigió temblando a la puerta. Al otro lado, con rostro pesaroso y zapatos cubiertos de barro, se hallaba el mismísimo Don Lorenzo.

—Baje el arma, ¡hombre! —dijo con fastidio, mientras se adentraba en la humilde morada. Aproximó su prominente abdomen al fuego y miró en derredor con expresión de desagrado.

—Veo que no ha hecho gran cosa con el dinero que le di —espetó.

El granjero se apresuró a corregirlo.

—Sí señor. Reparé el granero y compré cabras, que son ahora mi principal sustento. La casa la voy mejorando de a poco. No tenemos grandes lujos, pero tampoco nos falta nada y le estamos muy agradecidos.

El hombre, que sí sabía lo que era el buen vivir, arqueó una ceja.

—Me alegro por usted. En fin, el motivo de mi visita a estas horas de la noche no es social, como imaginará. Me encuentro en un pequeño aprieto y preciso de su ayuda.

Don Aurelio se apresuró a ponerse el abrigo, que colgaba en un rústico perchero que él mismo había fabricado.

—Lo que necesite, sólo tiene que nombrarlo, señor. Usted sabe que cuenta con mi lealtad.

El visitante se mostró satisfecho. Sabía que el hombrecillo le debía un favor, y no se le caería su anillo de oro por cobrarlo. Abrió la puerta y una ráfaga helada invadió la estancia, pero no pareció notarlo. Con altivez señaló el carruaje. Una delicada cabeza femenina decorada con un sombrero celeste asomaba impaciente.

—Verá —dijo. —Me encontraba regresando con la señorita de una velada muy agradable, cuando mi caballo sufrió un percance. Algún insensato dejó una trampera en el camino y ahora el pobre animal tendrá que ser sacrificado.

El granjero reaccionó al instante, calzándose las botas.

—Entiendo, señor. Será un honor para mí ir a su finca a buscar ayuda. La dama puede pasar a esperar junto al fuego, en compañía de mi mujer.

El hombre carraspeó con incomodidad.

—Eso no va a ser posible. El camino de ida y vuelta le llevará horas, y aún debo escoltar a la damisela. Para cuando regrese, mi esposa se habrá despertado con ganas de hacer preguntas. Preferiría dejar este asunto entre nosotros.

—Por supuesto. En ese caso, hágame el honor de llevarse mi caballo. No es ni la sombra del suyo, pero bastará para llegar a su hogar. Le diré a mi señora que se escapó durante la noche y pasaré a buscarlo el sábado, cuando don Roque me pueda alcanzar al pueblo.

Don Lorenzo se mostró dudoso.

—No puedo dejarlo en mi caballeriza, o tendría que explicar qué hace allí. Pero puedo soltarlo al llegar. ¿Sabrá regresar solo?

El hombre sintió cómo la angustia le oprimía el estómago. El buen overo era viejo, y la distancia, larga. Se perdería, o lo robarían por el camino. Tragó saliva y respondió que era un plan sensato.

Complacido, Don Lorenzo se dirigió al carruaje, dejándole la tarea de preparar el caballo y abocándose a la de dar calor a la dama.

Don Aurelio no la conocía, pero debía tratarse de un vínculo por demás escandaloso. Era la única explicación que encontraba a la ausencia de un cochero. Probablemente fuera una señorita de una granja vecina, lo que también explicaría su ubicación tan alejada del pueblo a esas horas de la noche. En cualquier caso, no era asunto suyo.

Una vez que el coche estuvo a punto, se acercó a despedir al terrateniente, quien, ataviado en su tapado de piel, no parecía sentir frío.

— ¡Adiós! —saludó éste con alegría, ante su mirada implorante. Cuando ya había avanzado un par de metros, giró su imponente cabeza y, como quien deja caer una limosna, pronunció la frase tan anhelada por Don Aurelio.

—Gracias. Estamos a mano.

Esa noche el granjero sacrificaría al caballo descartado. Con los primeros rayos del sol partiría en una extenuante -y seguramente, infructuosa- caminata en busca de su animal, lo que terminaría por destrozar su espalda baja.

Pero se sentía bendecido. Sabía que las últimas palabras de Don Lorenzo lo habían librado para siempre del implacable insomnio.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/just4you-44728

4 Comentarios

  1. Está claro que Aurelio pagó su deuda moral con don Lorenzo. Puedo entender que se quitara un peso de encima como quién liquida al paso de los años la hipoteca de la casa. Un texto real como la vida misma. Por cierto, no sale tu foto de perfil, quizás algo de la configuración. Un abrazo Natalia y buen domingo.

  2. Gracias, Sabius. Desde que me.pasé a sitio web desapaereció, y probé de varias maneras pero creo que no es una opción para.los que lo tenemos.así, linkeado con un hosting externo. Gracias por pasar y.comentar, como siempre!

  3. Muy bueno Natalia. A veces los compromisos contraídos nos quitan el sueño y aún más cuando el que nos saca del apuro es alguien como Don Lorenzo. Muy real. ¡Saludos!

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