La cuna del diablo

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Mi schnauzer-mini dormita con su panza redonda y tibia apoyada en el suelo, en busca de frescura. Dos juegos de patas a cada lado le otorgan tanta gracia como a un pollo abierto al medio. Su aliento empaña los azulejos en los que traza dibujos con sus patas cuando voltea a mirarme con reproche. Sé lo que está pensando, pero nada puedo hacer. Soy una cobarde. Atrás quedaron los días de revolcarse en el lago o correr una pelota.

La tomatera que planté con tanta ilusión sufre sedienta un último espejismo, mientras cientos de hormigas devoran su fruta podrida. A su lado, la rúcula florecida encanece sin haber sido jamás saboreada. Una garza desprevenida aterriza al borde del agua hipnotizada ante tantos peces. Le hago señas, pero es demasiado tarde. Ahí está el infeliz que, no conforme con herirla, la persigue hasta los confines del jardín.

En algún lugar de este paraje inhóspito descansa un huevo, que gesta silenciosamente a otro monstruo. ¿Qué será de nosotros entonces?

Nuevas telarañas adornarán los muebles de mimbre del jardín. El huerto será irremediablemente conquistado por la maleza. Mi querido perro morirá de tristeza y yo olvidaré el olor de los jazmines y la sensación del pasto húmedo en los pies descalzos. Patos y cisnes encontrarán otras rutas menos ingratas. Un verano perdido tras los cristales.    

¡Y todo por ese tero maldito!

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/luisrock62-37588

9 Comentarios

  1. Debo confesarte que tuve que buscar lo que era un tero pero ya ví. Me imagino que son agresivos. Tu cuento esta muy bien, me encanta como narras y pones detalles sin recargar la historia. Me maravilla que puedas escribir tantos cuentos, uno tras otro, día tras día y todos tan buenos. ¡Saludos!

  2. Son tremendos! Me divierto en el jardín viendo cómo se pelean con todo bicho que se les cruza. Te confieso que tengo miedo de frenar y que ya no se me ocurra nunca más un cuento, así que por el momento no paro!

  3. ¡ah! entonces es lo que pensé, que es una metárora del congojavirus. Pero sin saber que el tero es real y es un cabrón y “da miedo”, imposible verificarlo. Ahora sí. Pero es mejor que no le dejes al lector esa labor irresoluble. Eso ha de estar implícito en el relato, de manera más o menos sutil.

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