La obra maestra

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            Terciopelo rojo, oro en abundancia, una cúpula deliciosa. Era, verdaderamente, un templo del arte, súbitamente profanado por mi presencia imperfecta. Me sentí pequeña y ordinaria. Acarreaba en mi mochila bebida, bocadillos, dinero, y la manta que tejió mi abuela. También un diccionario, pues era sabido que se trataba de una pieza complicada. “Complicada pero esencial para quienes buscan evolucionar como personas”. Una metamorfosis que requería tiempo, pues la obra duraba ocho horas. No podía esperar para conocer a mi nuevo yo.

El público era de lo más variado en edades, sexo y vestimenta. Pero todos irradiaban ese aire de intelectualidad que anhelaba con dolor. Las butacas, algo desgastadas pero cómodas, lucían adornos en los respaldos que evocaban una corona. Todos éramos realeza. Ubiqué mi lugar, di una modesta propina al acomodador y oculté mis humildes pertenencias tras las piernas. Moriría de inanición antes de tomar algo de esa mochila.

Con un susurro mecánico se desvistió el escenario y aparecieron tres personajes encantadores. Vestían trajes estrafalarios y hablaban con grandilocuencia. Mis ojos se ejercitaban siguiéndolos de un extremo al otro, pero mi mente perdió el hilo. Retomé la concentración con un esfuerzo sobrehumano y entendí lo que ocurría. Acto seguido, los perdí de vista.

Llegó el primer entretiempo, y al cobijo del anonimato, una pareja de jóvenes se retiró agazapada. Los miramos con desdén. Brutos. No mucho más que decir. Estarán más cómodos en un teatro de revista.

La obra prosiguió. Había nuevos personajes, que no parecían tener relación con los anteriores, pero que se les asemejaban en el modo veloz e incoherente de expresarse. Ocasionalmente aparecían objetos en el escenario que nada tenían que ver con la trama. Espuma, una bicicleta, un perro. En un momento incluso divisé por detrás al encargado con la mopa. Aún hoy en día me pregunto si era parte de la obra. Mi mochila, ya más confiada en mi regazo, me convidaba pedacitos de turrón.

Súbitamente se cortó la luz. Oscuridad total. ¿Golpe de suerte? Voces anónimas gritaron desde diversos puntos del teatro.

— ¡Perfume de rosas!

— ¡Dos, por favor! Sin pan.

— ¡Oh jovial juventud joven, qué me has hecho!

— ¡Rarrarrá!

Un espectador se apuró en apagar el celular pero recibió un codazo. De a poco mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude distinguir una mesa en el escenario. A su alrededor, cinco sombras humanas recitaban el abecedario por turnos. La escena se repitió tres veces, pero cada vez lo decían más lentamente. Como respondiendo a la última “zeeeeeeta” un foco amarillento se encendió en el palco principal, revelando a una mujer con ropa de época. Miraba hacia un horizonte inexistente hasta que pareció vernos y nos mostró los pechos. Luego pronunció un monólogo en una lengua extraña. Real o inventado, poco lo sé, poco me importa. Lamenté no haber leído más reseñas de la obra, para poder apreciarla un poco mejor. Ya era tarde. Hubo un breve aplauso. Admito que tenía unos senos envidiables.

La oscuridad es un ser hambriento, porque cuando se encendieron el resto de las luces noté que faltaba la mitad de la concurrencia. Lamentablemente el grupo de actores seguía intacto. Miré la hora con ilusión. Sólo habían transcurrido cuarenta minutos. Me rendí. Tal vez el punto no era buscar un sentido, sino dejar que el sentido lo encontrase a uno. Por los siguientes actos dejé que mi mente divagara con libertad. Si el público reía, yo también lo hacía. De lo contrario, movía lentamente la cabeza para no contracturarme. Me dolía el traste. “Mi corona por un cojín”. 

Maldije al crítico de la obra. Le deseé una enfermedad curable, pero humillante, como diarrea explosiva. Ésa sería una crítica linda de leer: “el honorable crítico de arte finalmente mostró su verdadero interior, pura mierda“. Por culpa de sus delirios de grandeza yo me encontraba atrapada en este sitio nefasto. Observé con odio al resto de la concurrencia. ¿Quiénes se creían que eran, para durar más tiempo en el teatro que yo? Pseudo-intelectuales. Hipócritas. En el escenario, los protagonistas debatían sobre diversos temas, intercalando citas, idiomas y referencias ajenas a mi realidad. Al menos alguien la estaba pasando bien.

Como un amanecer en el mar llegó el segundo receso y salí a estirar las piernas. Terminé en el kiosco. Necesitaba golosinas más que nunca. Un hombre corpulento de incipiente calvicie me encaró.

—Disculpe, ¿viene de ahí dentro?

—Sí, señor, pero no me estoy escapando, vea, sólo compro unos snacks. —Me apuré a mostrarle la bolsa de gomitas.

El hombre sonrió. —Leí una crítica de esta obra y dicen que es brillante, pero me pregunto si vale la pena dedicarle las ocho horas que dura.

—Oh, ¡sí que vale la pena hombre! Cada minuto.

Satisfecho con mi respuesta, se incorporó a la fila de la boletería. Pass it forward, infeliz.

Yo aproveché para ir al baño. Al de mi casa, que queda a veinte cuadras. En el trayecto del colectivo me empaché de golosinas y de paisajes mundanos, llenos de historias profundas que contar. El viento jugaba con mi cabello y el sol asomó entre las nubes para bautizar mi frente. Efectivamente, era otra.

EPÍLOGO

Despertó desorientada por el silencio. En derredor se esparcían restos de comida y vasos de plástico. Una billetera atrapada en una butaca la observaba con tristeza, su interior semi-abierto mostrando los billetes. Con un escalofrío supo la verdad. Ella no volvería. Era una mochila más olvidada en un teatro.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/raphman-33709

8 Comentarios

  1. Hola Natalia, me impresiona mucho tu manera de escribir, me gustaría, a ser posible, que participaras en nuestra revista. Se publica de manera trimestral, el próximo número saldrá el 15 de marzo, link: http://www.nevandoenlaguinea.com Si te interesa participar mándanos algo, ya sea cuento, o artículo. Espero de verdad que participes. Poco a poco sois las mujeres quienes os lleváis el gato al agua en el tema literario, y tú tienes talento, espero respuesta. Saludos. Atentamente: Cecilio Olivero Muñoz

  2. Hola Cecilio, estoy más que halagada con tu comentario. Me dedico a escribir desde el 2 de enero, con lo cual sólo tengo el material que figura en mi blog. Preferirías elegir un cuento de ahí o preparo uno 100% inédito?
    Saludos y gracias por tenerme en cuenta.

  3. Preferencias no tengo, pero un cuento inédito tuyo es un caramelo si es de esta calidad, si quieres hablar de tu ciudad también puedes hacerlo, los artículos van en las webs, y los cuentos en la revista digital. Estamos en contacto, saludos y gracias por contestar.

  4. Como quieras. No te sientas presionada, no quiero eso, tan sólo que participes, espero tu cuento o lo que quieras escribir, también publicamos poemas, en fin, ánimo, si tenemos que publicar algo ya publicado está muy bien. Saludos.

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