Paradoja

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            Los cientos de turistas que gozaban del sol en cierta playa de Bahía no imaginaban que entre ellos se gestaba un filósofo. Torso al descubierto, toalla cruzada en la cintura y mirada perdida en el mar, se hallaba Pablo. Un termo humeante a su lado delimitaba su origen: argentino o uruguayo. Entre sorbo y sorbo se tragaba su propio aburrimiento. Era lamentable cómo se había depreciado en su interior ese paisaje paradisíaco que, una semana atrás, le había hecho replantearse su residencia. Nada dura para siempre, pero si algo estaba por lograrlo era el gasto que había acumulado en la tarjeta de crédito para hacer ese viaje.

Decidió doblar la apuesta y reservar una excursión a otra playa. A todo o nada. La misma, resultó ser un fiasco. Cuatro horas en un micro sin aire acondicionado, mala comida (bebidas aparte) en una lanchería de mala muerte y un guía grosero que olvidaba el español cuando le convenía. Fue una desgracia con suerte, porque al día siguiente era el mortal más feliz del hotel. Ni Platón habría podido explicar tan bien el principio del “placer-dolor”.

Ya de regreso en su hogar puso en práctica lo aprendido en vacaciones. Autogenerarse momentos y sensaciones desagradables para apreciar más sus opuestos. Descubrió que funcionaba de maravillas en todos los aspectos de la vida, desde los más inherentes a la naturaleza humana, como la autorrealización, hasta en los más mundanos, como disfrutar de algo dulce. Ambas situaciones producen acostumbramiento, que se supera cuando se sufre un mal trago.

Empezó con tareas simples, como visitar a parientes indeseables o pasar una noche durmiendo en el suelo de la cocina. Ante los buenos resultados obtenidos se embarcó en tareas más pesadas y agobiantes, que podían durar días. Pero pronto notó que el tiempo no le rendía, así que optó por realizar pequeñas descargas, como engancharse el dedo chiquito del pie con la pata del sillón, o morderse la lengua. Una vez se quemó con el café, pero encontró que la relación costo-beneficio no era óptima.

Con el tiempo el experimento le trajo un plus: al invocar conscientemente malos momentos, le ocurrían menos imprevistos. Había aprendido a controlar el equilibrio cósmico, o al menos eso creyó, hasta que se encontró en una encrucijada.

Le había tomado poco a poco el gustito al dolor y de pronto todo era placer. Insostenible. Al poco tiempo se convirtió en un ser adormecido incapaz de sentir nada.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/lollo88-58924

8 Comentarios

  1. Sin duda muy original la forma de abordar la eterna insatisfacción humana. Me imagino que lo que le pasa a tu personaje es lo que les ha sucedido a la gente que tiene todo el dinero del mundo para hacer, deshacer, experimentar mil cosas. Al final de tanto sentir ya nada les emociona. Luego algunos se vuelven perversos. ¡Muy bueno como siempre!

  2. Todo un paradigma de la insatisfacción. Tiene su lógica, cuanto peor, mejor. Hasta que llega el exceso y se deja de sentir. Muy bueno. Un abrazo.

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