Paseo de domingo

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            La flamante embarcación “Carlos A.” tenía dos alternativas de recorrido: Puerto Madero y La Boca. Yo, guía turística sin estudios y sin la menor idea de lo que estaba haciendo, también tenía dos opciones, pero opté por quedarme. Había conseguido el trabajo por recomendación de un amigo de la familia y no había huida airosa posible. Acomodé los papeles donde tenía impresos los puntos de interés, que ya sabía de memoria, y tomé el micrófono.

—De parte de nuestra capitana Verónica y de su humilde servidora aquí presente les doy la bienvenida al viaje inaugural. Esta embarcación es un catamarán con tecnología de última generación, que dispone de compartimientos estancos para evitar hundimientos. ¿Alguien sabe qué significa esto? Bien, que en caso de accidente (altamente improbable en esta zona) hay sectores independientes a los que no llegaría el agua. Nos dirigimos ahora hacia el primer punto de interés…

Todo marchaba viento en popa. Entre los rostros desconocidos pero amables, resaltaba el de un señor de noventa y dos años. Mi abuelo. Papá lo había traído para que me acompañara y, sentado derechito en el fondo, disfrutaba del paseo en silencio. Siempre tenía buen temple y era muy agradecido de las salidas, a pesar de que éstas eran altamente frecuentes y su compañía disfrutada por todos.

Pronto nos adentramos en el sector que yo más temía. Si bien tenía anotada toda la información a compartir, jamás había hecho el recorrido sin turistas, y no tenía idea de dónde se encontraban los edificios a señalar. Hasta donde supe después, gracias a las observaciones de una pasajera demasiado bien informada, le erré a dos. Pero quién sabe, pueden haber sido más. Aun así nadie se molestó. La parte de la Boca fue más amena y pude explayarme con gusto sobre la vida del pintor Benito Quinquela Martín y sus donaciones a los vecinos del barrio, entre la que se destacaban el Museo de la Ribera, con sus colorinches butacas y el Hospital de Odontología.

Atracamos por un rato y los turistas pudieron bajar a estirar las piernas y comprar recuerdos. Estaba aliviada; pronto volveríamos al punto de salida y cada cual seguiría su camino, olvidando para siempre a la pseudo-guía. En el tramo de regreso yo debía hacer la temida pregunta: “¿alguien quiere consultar algo?” pero no me animé. Así que volví con el micrófono apagado y charlando con los pasajeros más próximos y cordiales.

Por fin llegamos. Tenía una semana para quitarme el susto de encima y prepararme mejor. Me despedí con alegría y saludé a mi padre que se acercaba con cara de preocupado. De pronto, lo comprendí. Había olvidado al abuelo.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/rociitoxx-55522

7 Comentarios

  1. Entiendo perfectamente esa sensación de no controlar exactamente lo que se está explicando…Toda guía ha tenido sus primeras veces, ya mejorará…Al pobre abuelo habrá que animarlo con un buen almuerzo. Un abrazo fuerte.

  2. Muy agradable cuento, seguro que el abuelo perdonó a la nieta. Sabes, me identifiqué con tu protagonista pues antes de esta peste yo daba “experiencias” en airbnb (o sea tours) y las primeras veces lo hice super nerviosa (claro yo me superpreparé para darlas pero aún así) ya luego uno agarra “callo” (experiencia). Ahora lo dejé por lo mismo. Muy lindo tu cuento y muy buen final (pobre abuelito jajaja).

  3. Gracias Ana. Debe ser complicado lidiar con gente, sobre todo cuando esperan que uno sepa de todo. Mi experiencia fue muy breve pero puedo hacer el descargo de que “ningún abuelo fue olvidado para escribir este cuento” jaja, aunque sí me acompañó al paseo, con su buen humor de siempre. Un beso grande y gracias por compartir tu experiencia.

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