Reverberaciones de amistad

2
155

A la temprana edad de los cinco años conocí a quien, hoy con cuarenta y dos, continúa siendo mi mejor amigo. En esos días muchos compañeros de Salita Celeste tenían la costumbre de hablar solos. Especialmente Mariana, la nena de trencitas castañas y pecas en la nariz que olía a cerezas. Cada vez que me acercaba a hablarle, ella estaba ocupada secreteando con Carlitos. Si había un asiento vacío a su lado, Carlitos ya estaba sentado ahí. Como Carlitos era invisible, yo arrojaba patadas al aire, con la esperanza de cruzarlo. Más de una vez le debo haber embocado. Hubo un tiempo feliz (que justo coincidió con la época en la que trabé amistad con Romina) en el que Carlitos sufrió una fuerte gripe y faltó a clase, pero se recuperó abruptamente el día que retomé mi relación con Mariana. Como verán, no era muy afortunado en el amor y esta situación no ha mejorado al día de hoy.

Pero con la amistad fue diferente. Ese verano conocí a Tomás. Me encontraba con mis padres de vacaciones en Pirámides, Chubut. Se trata de un golfo ubicado en la península Valdés. Una zona turística de aguas frías cristalinas y avistaje de ballenas y lobos marinos. Rodeando la playa se encuentran unas cavernas rocosas características de la zona, capaces de hacer sentir pequeño al más engreído de los sujetos. A Carlitos, por ejemplo. Y se hacen respetar. De día ofrecen protección, pero cuando la marea sube se transforman en una trampa mortal. Algo así como una planta carnívora de piedra.

Ese año no vimos ballenas, sí algún que otro lobo marino, pero la gruta, oscura y fría en medio de esa playa llena de vida, era un agujero negro que chupaba toda mi atención. Una tarde en la que mi padre dormía la siesta, me asomé a su boca abierta.

Algo resonaba en su interior. Llamé.

“Hola ¿hay alguien ahí?”

Se escuchaba una voz alejada, pero no comprendí lo que decía, así que insistí:

“Soy Esteban. ¿Cómo te llamás?

(Muy a lo lejos, entendí) “¡Tomás!”

“¿Tomás?”

“¡Tomás!”

Tomás era de pocas palabras. La mayoría de las veces yo hablaba y él escuchaba. Le gustaban mis historias: le contaba de mi perro Bobby -que había quedado al cuidado de una tía- y de mis amigos del colegio. Pero sobre todo de Mariana. Cada tanto, me entusiasmaba y e inventaba anécdotas, como la vez que me enfrenté a dos chicos de sexto por el honor de Mariana. Era inocente, Tomás. O tal vez un buen amigo, y el inocente era yo.

Una tarde mi padre me encontró en la entrada de la cueva hablando solo y me explicó lo que era el eco, cómo las ondas se reflejan en la superficie y regresan al emisor. En conclusión, mi mejor amigo, era yo mismo.

Al principio estaba desolado. Nunca me había sentido tan escuchado y admirado. Ya de regreso en casa, hice una prueba y lo llamé con la mente.

“Tomi, ¿estás ahí?” Esta vez lo escuché fuerte y claro.

“¡Acá estoy, amigo! ¡Sí que lo engañamos a tu padre!”

Desde ese día, fue Mariana la celosa. Tomás era más inteligente y divertido que Carlitos. Me soplaba en los exámenes, me contaba chistes. Pero eso fue hace muchos años. La gente cambia.

Hoy en día es un adulto muy intuitivo que me dice en quién confiar y en quién no. A veces me da órdenes y, si bien no estoy siempre de acuerdo, yo le hago caso. Tiene un carácter podrido cuando se enoja.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/buzzybee-44607

2 Comentarios

Deja un comentario