Smile!

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Inauguré el tan deseado cerramiento en la terraza bajo las directrices de una proyección meticulosa: falanges entumecidas entrando en calor con el teclado, mi silueta decapitada por la sombra de un edificio, invierno y verano en 40 metros cuadrados. Los gatos dan fe de su utilidad: Luli, la siberiana, disfrutó de una sosegada mañana al sol. Alfie, trajeado pero sin pedigree, se dedicó a explorar el territorio hasta dar con un bicho bolita, al que desmembró con saña.

Mi relato fue lo único que no cumplió con las expectativas. Pecaba de intrincado y corriente. Efectivo, sí, como un café de estación de servicio. Con un ciervo de largas pestañas, el flash de una cámara y un bloqueo de escritor como premisas, forcé la conclusión de que la luz blanca tenía un efecto paralizador en los seres vivos. Una imagen atractiva de Google, un buen título y podría dar la tarea por concluida.

—Mañana será mejor —prometí al gato. Éste giró la cabeza hacia un punto móvil a mi derecha y tomó impulso.

—Es tu día de suerte —reconocí con envidia. Pero algo en la escena -el rebote del bicho bolita, el ángulo de la patita desprendida- me resultó familiar. La secuencia de la cacería se repetía con exactitud. “Déjà vu”.

Tiempo de levantar campamento y preparar el almuerzo. Extendí la mano en busca del papel del alfajor que había desayunado. Su solidez me impidió apretujarlo. Sorprendida, descubrí que el paquete estaba cerrado y su relleno, intacto. Casi como por reflejo sopesé el termo y comprobé que estaba lleno de agua. Mediante un vistazo a la página de Word vacía, confirmé la incipiente hipótesis. Imposible o no, habíamos retrocedido en el tiempo. Un viaje corto, de hecho, pues apenas eran las 10 de la mañana en lugar de las 12.

Desafiar las leyes de la física por dos míseras horas. ¡Qué desatino! No tendría la oportunidad de anunciar una catástrofe, ni de asesinar a aquel personaje nefasto que tantas vidas se había cargado. Tendría suerte de llegar a tomarme un café en Capital, si es que no había tránsito. No pude siquiera redimirme de volcar la yerba de las 9. De todos modos, y muy a mi pesar, entendí la responsabilidad del privilegio. Debía sacar provecho a esos 120 minutos robados.

10:09 sonó el celular. Supe que era mi esposo llamando para recordarme el turno del polarizado del auto. Atendí, por mera nostalgia de normalidad. Tras cortar con un beso, reinauguré el mate y me quemé la lengua por segunda vez. Me sentí estúpida. El cursor de texto parpadeaba en la pantalla en blanco. Lo odié con ganas. ¿Acaso debía redactar todo de nuevo? Parecía uno de esos sueños entre despertadores en los que me bañaba y acicalaba y llegaba hasta la puerta de salida, sólo para encontrarme de regreso en la cama con aliento a muerto.

«Menos una hora y cuarenta minutos«. El cronograma estipulaba que era el turno del alfajor. La sensación arenosa de la maicena subsistía en mi paladar, junto con la culpa de haberlo liquidado en tres mordiscones. Podía reescribir esa historia, atesorar el resabio de dulzura, ahorrarme las calorías. Prevaleció el comerlo dos veces al costo emocional de una. Aplaqué el arrepentimiento con un segundo paseo descalza por el césped, donde me volvió a picar la misma hormiga. So pretexto de que la gente lee más los sábados y de que no se puede cambiar el mundo en una hora, dirigí mi frustración a terminar la historia.

Con dedos helados reviví al ciervo, que, agradecido, retomó su alegre pastoreo al costado de la ruta. Cuando intentó cruzar, unos faros lo cegaron. El conductor de la camioneta vio cómo un hombre de anteojos y chaleco a cuadros volaba por los aires. Pero éste no se enteró, inmerso, como estaba, en la pantalla de su portátil, en la que se adivinaban las mullidas paredes de un loquero.

—Smile! —gritó el fotógrafo y ninguna sonrisa de Duchenne sumó verdad a la situación. El flash se instaló en mi retina y se volvió un arcoíris que decantó en migraña.

«Smile!» me pareció un título excelente. Lo apresé. Luego, en busca de prolijidad, seleccioné el cuerpo del texto para justificarlo y, por accidente, lo borré.

El blanco repentino me paralizó. Me vi perdida en mi propia teoría. Allí me habría quedado, de no ser por la flechita de salida. El bendito botón de “deshacer”. ¿Había pasado esto antes? Daba igual. Eran las 12 menos 5 y estaba a un click de recuperar todo. En algún mundo invisible, pero cercano, el ciervo aún volaba por los aires, el escritor enloquecía, los invitados bailaban. Los habría traído de regreso, de no ser porque noté los ojos amarillo limón de mi gato. Seguían, codiciosos, otra línea imaginaria en el suelo. El trayecto del bicho bolita.

—¡No más! —grité con firmeza.  

Sin perder de vista al insecto, me incorporé lentamente de la silla y le di un pisotón alevoso, que arrancó a Luli de su siesta. Con la cola crispada como un plumero, Alfie saltó a la parrilla y de ahí a una viga fuera de mi alcance. En su maullido ofendido creí oír un «nevermore«. Con el papel de alfajor limpié el puré de bicho de mi pie y lo arrojé al cesto, donde se mezcló con un ciervo agonizante, un sujeto de anteojos y camisa a cuadros y una historia pretenciosa que jamás conocerá la fama.

El título quedó flotando en el espacio en compañía del cursor; un primer motor inmóvil. Decidí conservarlo. Al fin y al cabo, tenía sentido. Sonreír siempre tiene sentido, más aún a las 12:01 de un día que se anuncia maravillosamente corriente.

NATALIA DOÑATE

8 Comentarios

  1. ¡Impecables las descripciones! Me comí el alfajor, pisé el césped y me picó la hormiga ¡todo, todo sentí! Ah, y el cursor del texto parpadeando ante la hoja en blanco, me hizo recordar las veces que borré accidentalmente el principio de un cuento y ya no pude recordar para reescribirlo. ¡Cuánta impotencia! Gracias Naty.-

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