Viento del sur

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El ciruelo de mi jardín adolecía de una dicotomía estacional. A medias desnudo, a medias rebosante de hojas, me señalaba desde qué lado avanzaba el otoño este año. De hablar su idioma podría haberle ahorrado la molestia, pues yo ya lo sabía; me dolía el oído izquierdo.

Una mariposa se posó en su rama seca, quizás con la intención de probar la nueva temporada, de la que poco llegaría a conocer. Yo decidí hacer lo inverso y, a pesar de no tener ningún gusto en particular por el calor o los mosquitos, me tomé unos minutos para mirar a la derecha, hacia lo que quedaba del verano.

Encendí mi ordenador e ingresé a un sitio de la costa atlántica al que suelo acudir una vez al año, cuando siento los primeros síntomas de nostalgia. Con grata sorpresa noté que habían sumado una cámara online a las dos que ya conocía. Un tercer ojo.

La primera vista -la de la avenida- la utilizaba para imaginar cómo sería vivir allí. En ese mismo momento podría estar andando en bicicleta, como el hombre de casco verde que charlaba con el policía de tránsito en el semáforo, o regresando de hacer las compras, abrigada con un buzo blanco y con dos bolsas pesadas en cada mano.

El día estaba apropiadamente vestido de gris para recibir al otoño, que por lo visto había desarmado ya las valijas y se encontraba saboreando un último helado bajo el gran techo de chapa verde de la esquina. Pocos vehículos, entre ellos una camioneta que transportaba garrafas de gas, sumaban movimiento al paisaje, dando fe de que la vida continuaba sin mi presencia. Mi lado narcisista sintió un pinchazo.

Pasé a la segunda cámara, donde una pareja de mediana edad miraba el brumoso mar desde un banco en la rambla. Aún sin banderines a la vista, se intuía el viento del sur partiendo hacia el continente. Eventualmente llegaría a mí, pero despojado del sabor a sal que tanto me gustaba.

Conté a seis personas en la arena. Seis extraterrestres con los que no entablaría amistad. A mi modo de ver, la playa se disfrutaba con pies limpios y ojos colmados de arena y mar. Pasé a la nueva cámara.

Abarcaba una parte de la rambla, pero desde un ángulo en el que destacaban los coches estacionados, de los que tengo de sobra en la ciudad. Un señor luchaba con una sombrilla roja que se negaba a abrirse, a la vez que una joven pareja buscaba hacer lo opuesto con un cochecito de bebé para meterlo en el auto. Energías mal distribuidas. Turistas. Nada de mi interés.

Regresé al muelle, donde todo fluía. La señora del banco había quedado sola, ajena al hecho de que yo estaba viviendo a través de ella. Su marido -ahora mi marido- había ido en busca de facturas. Dos con pastelera, dos con dulce de leche. Churros aparte para la merienda. De seguro olvidaría las servilletas y tendríamos que limpiarnos con la bolsa de papel.

Un escalofrío me devolvió a la ciudad. La mariposa ya no estaba. La nostalgia, tampoco.

Con un abrigo liviano estrené oficialmente la nueva estación, mi preferida; esa que con promesas de soledad e introspección cubriría mi mundo de ocre y olor a hojas secas y desprendería uno a uno a los mosquitos que inútilmente pedían asilo rebotando furiosos contra la ventana.

NATALIA DOÑATE

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