Wander-last

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La pintura, arquitectura y escultura se podían quedar con el barroco. Reconocía que les sentaba bastante bien. Pero el arte de viajar debía ser minimalista.

Las montañas la reconocían por su buzo negro forrado de corderito y el jogging gris desgastado en la rodilla. Jamás imaginarían que se trataba de la misma mujer que miraba el mar todos los eneros con su amplio vestido traslúcido, como si fuese su única posesión en el mundo. Los zapatos y el maquillaje no conocían la vida fuera del departamento. Sentían envidia de los anteojos de sol, que se colaban a último momento en cada viaje y se daban aires al regreso. La ropa formal se peleaba por el protagonismo en la percha para ir a París, pues sólo viajaba una muda; la dueña no repetía restaurante.

Lo mejor de viajar liviano era que parte de su carácter se quedaba en casa y podía adoptar nuevos rasgos en el lugar de destino. Del fresco y boscoso camping trajo un renovado placer por lavar los platos a mano. En el departamento de Miami descubrió unas mandarinas que se pelaban con facilidad y que no traían semillas. Europa era sinónimo de caminar días enteros sin planes y de disfrutar de almuerzos frugales y golosas meriendas. Volvió con algo de sobrecarga.

En Buenos Aires no comía dulces, ni salía a caminar y odiaba las mandarinas. Al regresar de los primeros viajes sentía que el placard lleno la agobiaba. Entonces tomaba grandes bolsas y regalaba ropa a montones.

Un verano la encontró perdida en Roma -celular en mano, cual detector de metales- buscando un lugar donde comprar yerba para el mate. Un empleado de una tienda de ropa, que hablaba español porque su novia era argentina, le recomendó un pintoresco almacén a un par de cuadras y terminaron charlaron sobre usos y costumbres. Esa noche la invitaron a cenar y los hizo reír a carcajadas. Luego, se despidieron para siempre, lo que era parte del encanto.

Revisaba las fotos en el hotel cuando se topó con dos de la camarera que había atendido su mesa. En la primera hacía caras, en la otra, sacaba la lengua. Había sido víctima de un photobombing. Su corazón viajero se aceleró. Luchaba por su vida.

Pensó en todas las personalidades posibles, tan infinitas como el mundo mismo, que jamás llegaría a conocer, pero ya no había nada por hacer. Estaba perdidamente enamorada de Italia.

—Aquí me quedo, —decidió con sorpresa.

NATALIA DOÑATE

Imagen: Autor: Sylwia Bartyzel, en Unsplash.com | CC0

6 Comentarios

  1. Muy interesante. Y como siempre después de la prolija escritura un desenlace inesperado. Felicitaciones

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