Convexo

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Excención de responsabilidades: a riesgo de sonar presuntuosa es menester advertir al lector que el texto a continuación no se corresponde con mi estilo literario (aún entendiendo esta palabra en sentido vago, como si pudiese reducirse el mismo al uso frecuente de vocablos como “otrora” y “allende”, o al gusto casi perverso por las descripciones minuciosas). Lo cierto es que soy generosa con el tiempo ajeno. Yo, por el contrario, me voy quedar por estos lares, disfrazada a fines prácticos. El motivo es simple. El contenido de este relato es de rigurosa veracidad y conservar las formas a la vez que la materia es una empresa inconcebible en el mundo de la ficción, a menos que se trate de un oxímoron del tipo “la realidad imaginaria” o de una paradoja. No es éste el caso. Los necios que opten por leerme (a esta altura no puedo llamarlos de otro modo) pueden pagar el costo del libre albedrío a la salida. Aclarado este punto, prosigo.

De todas las acepciones atribuidas al término “espejo”, dejando de lado la inequívoca, aunque adoleciente de pocas luces de “superficie reflectante”, me ocasiona especial rechazo aquella que le otorga atributos morales emparejados con la verdad. En mi opinión, un espejo no tiene más capacidad de ser honesto que aquello que refleja. Prueba de ello es que puedo mirarme en uno y encoger la panza. Luego, relajarla. Luego, contraerla una vez más.

Mentira – verdad – mentira.

Me consta que el espejo hace lo mismo. Esa debilidad que tenemos en común (los sutiles gestos de vanidad que ocultan carencias, que a su vez esconden sensibilidad ¡hasta podría hacer una lista de ellos!) es el detalle que lo hace humano ante mis ojos. Pero, como siempre, mi preferencia por la verdad se impone y vuelvo a inflar la panza, tal vez demasiado, hasta que el acto me resulta doloroso y la mente se me enturbia. El espejo me provoca:

—¿Qué te pusiste hoy? ¿Acaso es el cumpleaños de Chespirito?

Yo me rio, Natalia del espejo se ríe. Noto dos tajos en las mangas de su camisa, a la altura de los tríceps. Saco conclusiones irrelevantes pero verosímiles y me las reservo, como si fuesen un ancho de espadas al que pueda echar mano a conveniencia (tal vez hoy sea el día). ¿Qué más puedo hacer? El cerebro humano rellena huecos. “Fue sin querer queriendo” diría uno de los personajes del pseudo cumpleañero.

En ocasiones el espejo refleja estilos de cabello que no me he hecho. Atribuyo el error a su superficie irregular (aunque sospecho que es menos convexo de lo que me quiere hacer creer). Otras veces me ubico más cerca de la cuenta, hasta que el contacto con mis propios ojos me ocasiona un ligero dolor de cabeza y entonces creo divisar lo que hay del otro lado. Un jarrón en un cesto de basura, una caja de herramientas, un niño al que no tengo permitido hablar, pero con el que a veces dibujamos caballos sobre el cristal empañado. Me recuerda a una frase cuyo dueño se me escapa. “En otro universo hubiéramos sido amigos”.

Pero en éste no hay otra dimensión posible que la que surge del enfrentamiento de las caras. Entonces puedo verme de frente, de espalda y de ambos lados, incluyendo el menos favorecedor, el que esquivo en las fotografías. Me gusta imaginar que el desfasaje en la imagen lleva aparejado un desajuste temporal, de la misma manera en que mirar el cielo implica ver el pasado. Las estrellas muertas relucen y yo tengo ojos en la nuca. Y me veo de niña, con empatía. Y me veo de anciana, con creciente optimismo.

Últimamente, también me veo más linda. Si bien ya dejé estipulado que el cristal no me debe verdades (gajes del oficio a los que llamo “placebos mentales”) yo le creo casi siempre (e incondicionalmente siempre, cuando no hay elogios de por medio). Sé que el día en que me mude lo voy a echar en falta, pero me consuela pensar que los próximos inquilinos sabrán aprovecharlo. Tal vez, incluso, si se acercan lo suficiente, puedan vislumbrar algún resto espectral de mi persona; un libro con mi foto en la contratapa, una bolsa de papel madera con olor a tomates. Suena improbable, lo admito, pero a veces la distancia permite, como ya expliqué antes, todo tipo de maravillas paranormales.

NATALIA DOÑATE

6 Comentarios

  1. Bonito relato, como todo lo que escribes con tanta naturalidad, cuando sea grande, quisiera ser como tú, sencilla, decidida y muy valiente. ¡Ah! A veces el espejo y yo también conversamos y nos decimos tantas y tantas mentiras.

  2. Bertha, qué lindas cosas me decís. Cuando seas grande, vas a ser mucho más sencilla, decidida y valiente que yo, que recién ahora con casi 40 años entendí lo que quiero hacer. Un beso grande.

  3. Lo entendiste temprano, yo lo entendí casi a los 70, pues pronto cumpliré 69, no me di cuenta antes, a pesar que me lo decían. Ay amiga, no te conozco, pero es como si te conociera de siempre, adoro la sencillez, y tú la llevas a flor de pie, que tengas muchos éxitos y sigue luchando que tienes un mundo por delante. Gracias por las palabras que me dices, ojalá tuviera tu edad, eres aún una niña, no dejes de luchar.

  4. Ah, me confundí con el “cuando sea grande, jaja”. Vamos que tenés tiempo de sobra! Es hacerlo y listo! Yo tengo otras cosas pendientes de las que también espero ocuparme algún día. Que tengas un lindo fin de semana

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