El pan de ayer

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Cargó sus pulmones de fresco aire nocturno. Cuando regresara a abrir la puerta, el sol ya habría ingresado hasta la primera fila de mesas, que permanecían con sus sillas patas para arriba. El pronóstico vaticinaba un calor sofocante. En su pequeño espacio el clima no era muy diferente, a excepción del olor dulzón, que parecía tener más peso que el oxígeno y pedía ser inhalado de a pequeños sorbos. Hoy le producía un efecto extraño, similar al de la cebolla, pero decidió no llorar. Había mucho por hacer.

Trabajó toda la madrugada. Los utensilios de cocina que hasta el momento habían sido una extensión de sus propios brazos, hoy parecían ajenos. Horas más, horas menos, sabía que ya no le pertenecían. Como tampoco las manchas de los azulejos o el óxido en la canilla.

Las siete y media. Cambió con celeridad el delantal sucio por uno impecable y se dirigió hacia la puerta de entrada. Dolly se veía impaciente. Maldición, había llegado a adorar a esa vieja pesada. Detrás de ella estaban José y Felipe, Doña Clara, Manuel… incluso los dos hombres de traje, que desentonaban en la cola y en el pueblo. A pesar del aire liviano, su garganta se cerró y sus mandíbulas se apretaron como cuando comía pomelo. Pero tragó una bola de vacío y parpadeó. Nada de lágrimas.

Uno a uno atendió a todos los clientes. Algunos se quedaban más de la cuenta, pero a nadie parecía molestarle. Dolly, paquete de figacitas en mano -el doble de cantidad del que solía llevar- miraba en derredor en perfecto silencio. Eso sí que era novedoso. Notó cómo José acariciaba fugazmente el mostrador al retirarse. Horacio, que solía ser algo parco, pidió llevarse algunas servilletas de recuerdo.

“El logo, ¡claro!” Tomó un pequeño pilón y lo reservó en la caja registradora. El resto lo repartió generosamente. De saber que vendrían todos habría hecho un pequeño souvenir, pero ya era tarde. Ambos señores con quienes había firmado innumerables papeles le dieron la mano y le desearon un feliz día, a pesar de las circunstancias. Ella les agradeció el gesto de haber pasado con una porción de torta de frutas, el clásico del lugar.

Cerraría al mediodía. No quedaba mucho por hacer; el objetivo de la mañana había sido más bien simbólico. Limpió con rigurosidad, y, cual enfermera, dejó instrucciones de cuidado pegadas en los electrodomésticos: “sin abrasivos”, “encender con media hora de anticipación”, “service al 0800-222-3136”.

Finalmente tomó su cartera y la pequeña vianda que extendería el sabor a despedida. Pensó unos minutos en la foto enmarcada en la pared. Quitarla arruinaría el efecto al cerrar por última vez y, a decir verdad, tampoco tenía el corazón para descolgarla. “Que se ocupen ellos”.

Giró la llave. La versión joven y sepia de su abuelo la miraba con compasión. “Lo hiciste bien, Juanita”.

Y Juanita lloró.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.mamirecetas.com/glosario/amasar

10 Comentarios

  1. Narrado impecablemente como sueles hacerlo. Despedirse de un negocio donde uno puso alma, tiempo y corazón no es fácil. Tocaste una fibra pues yo, hace no mucho, tuve que traspasar uno. Queda un vacío, como si alguien se hubiera muerto. Luego te repones pero es duro. Saludos.

  2. Es raro, sí. Como si parte de uno quedara allá. Mi papá tuvo un restaurante que lleva más de 15 años cerrado y me encantaría volver a vivir una noche ahí

  3. Ese dolor sordo, profundo, como lento que se te instaura en el alma y los recuerdos cuando das un último vistazo a ese lugar al que no has de volver, y donde dejas retales de vida, no se olvida nunca.

  4. Dejando atrás lo mejor de nosotros, a veces hemos de dar paso a los recuerdos ante una realidad agobiante, donde el pasado, el valor, el corazón y el tiempo empeñado, ya es tan solo pasado. Doloroso relato, pero también bello en lo que fue. Un abrazo Natalia.

  5. Cuántos adioses como este vivimos? En los que los últimos minutos se dejan pasar con un naturalidad tan triste… Qué bonito Naty.

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