La equilibrista

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Una mente simple la confundiría con una persona común y corriente, que se mareaba más de la cuenta; tanto en movimiento -medios de transporte, ascensores y simuladores- como cuando “escroleaba” con el celular. Pero la raíz de su dolencia era interna. Tenía el alma desbalanceada.

Se apañaba en mantener una armonía superficial oscilando entre los extremos. Hacía unos pocos meses de dieta; luego comía como un perro vagabundo hasta subir tres kilos en una semana. Alternaba días enteros de dispersión con pequeños lapsus de hiperconcentración y creatividad, en los que perdía la noción del entorno y no respondía ni a su propio nombre hasta cumplir el objetivo. Tenía tendencia a aislarse del mundo exterior, pues los ruidos y la estupidez de gente la agobiaban, pero al tiempo se sentía un animal enjaulado y salía, como oso en primavera, a tomar contacto con otros humanos. Para quienes no la conocían en la intimidad, pasaba por el ser más sociable y simpático. Agotada y con dolor de garganta, volvía a la cueva.

Entre cero y cien, picos y valles, blanco y negro, quedaban pequeños cabos sueltos, que ataba con rituales que sólo tenían sentido para ella: un pequeño roce del codo izquierdo contra la pared, cierta presión del vaso de agua por debajo de los labios antes de beber, un ligero pestañeo mirando hacia abajo y a la derecha cuando había un exceso de color blanco en el paisaje. Había evolucionado mucho en ese aspecto; de pequeña daba agudos gritos, o cerraba con intensidad los ojos, ocasionándose dolor de cabeza. Incluso hubo un período en el que se relamió tanto los labios, que le quedaron en carne viva. Su entorno, irreprochable, jamás le hizo sentir que tenía un problema. Ni siquiera los niños del colegio, que suelen ser crueles, se ensañaban con ella. Era parte del “paquete”.

Con la edad se volvió perfeccionista y quiso algo más que aparentar. Deseaba auténtica templanza, moderación, autocontrol. Paz. Hizo un listado de objetivos y de los pasos necesarios para alcanzarlos. Ya no haría dieta; comería sano. Haría ejercicio dos veces por semana y otras dos saldría a caminar. Limitaría el uso de la televisión pero también el de los libros. Dejaría el café a la vez que las pastillas para dormir. Saldría de la casa un rato cada día.

Como recordatorio y para darse bríos, pues se manejaba mejor en la novedad, decidió hacerse un tatuaje. Encontró uno que simbolizaba el “aquí y ahora”, a través de círculos concéntricos que imitaban la propagación del agua, conocido en inglés como “the ripple effect”. Lo ubicó por debajo de la muñeca, para recordar su objetivo cada vez que ejerciera una acción con su mano derecha. Al poco tiempo parte del diseño se aclaró, estropeando el efecto. Era la imperfección misma.

Ella apreció la ironía, y así lo conservó. Desde entonces, cuando pasa por la cocina, se “rasca” esa pequeña molestia mojándose la muñeca bajo el fresco chorro de agua.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/ArminH-48707

8 Comentarios

  1. Muchas gracias! Me salió un poquito autoreferencial hoy, jeje. Gracias por pasar

  2. Muy bueno Natalia. Al menos en este momento me siento como la persona de tu cuento, tratando de hacer cambios para bien. Oye te iba a comentar, desde mi pantalla no se ve ya tu foto. Se ve el fondo de playa pero el óvalo donde normalmente está tu foto no se ve, incluso cuando veo comentarios tuyos tampoco se ve. Checa tu foto a lo mejor tienes que volverla a subir. Saludos!

  3. Gracias Ana! Nos sentimos parecido. Con respecto a la foto, no tengo idea de qué pasó, jaja. Sigue subida la mía, pero desde que pasé al sitio web ya no aparece. Veré en estos días si mi hermano me da una mano para solucionar el tema, porque soy medio queso yo ‍♀️

  4. Ehh puse un emoji de una chica tocándose la frente y apareció ese dibujito que nada que ver, jaja, bueno, podría haber sido peor

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