La evolución de la fotografía

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Recomiendo tomar menos fotos. Un jueves reciente, sin celular, me condujo al siguiente descubrimiento: a falta de tecnología, el cerebro humano recopila imágenes que la cámara tradicional desprecia (edificios desiertos, una anciana hablando sola, el sol de la una sobre el mármol de una escalinata). Pueden malinterpretarse como random pero revisten, en el largo plazo, mayor importancia que un latte art, o una pose rígida en un paisaje fatuo. No se dejen estafar.

Anoche revelé uno de mis rollos mentales: corridas por los pasillos frescos de una casa en Gaona, niñas hermosas en zapatos de charol -que veo con cierta envidia-, el buzo de un boliche de Villa Gesell, platos con sobras de asado, decenas de globos aerostáticos fallidos, una lapicera plateada, un cuarto rebosante de carcajadas de nietos, algunas lágrimas, helado y masas finas, el tío Tony remontando un barrilete con mis hijos en la casa de Escobar (y podría jurar que ocurrió ayer, pues se solapó con las risas en la mesa, las constantes interrupciones, el humor negro que caracteriza a los míos). Entendí que todo el material formaba una maravillosa película. No tengo idea de cómo sigue, pero puedo adelantarles el final: un abrazo reconfortante en el que cambian los personajes, la ocasión, el siglo. La prevalencia de la familia. La eternidad del amor.

Para Tony, que será siempre recordado con el mayor de los cariños. Para sus hijas y nietos. Para todos nosotros.

NATALIA DOÑATE

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