Lentes rosados

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La vida moderna nos frio el cerebro. Las herramientas de nuestra corteza prefrontal resultaron rudimentarias para contener a la primitiva amígdala, estresada por el exceso de información y el estado de alarma constante. Era “Flee or fight“. Y huimos. ¡Cómo huimos! Como locos. No en dirección a las altas latitudes de las montañas nevadas, lo que explicaría la frase “run for the hills“, ni a los vericuetos oscuros y húmedos de las alcantarillas, como se supone que hacen las ratas. Después de todo, éramos humanos y nuestra naturaleza era, justamente, oponernos a la naturaleza. Creamos nuestro propio mundo. Uno virtual.

La novedad ocupó gran parte de la vida diaria. Circulaban, por supuesto, teorías que advertían sobre los efectos secundarios de hacer el mínimo esfuerzo, de pasar tantas horas al día frente a pantallas, de la adicción a la satisfacción inmediata. Pero contábamos con una herramienta muy simple y útil: las etiquetas. Todo se podía etiquetar, y una vez delimitado el alcance de una idea, ésta quedaba restringida en fuerza y extensión. “Conspiranoicos”, “drama queen”, “boomers” eran las más populares. Existían tantas categorías como seres humanos y éstas cubrían cada aspecto biológico y mental: edad, gustos, preferencias sexuales, ideología política y también cada interés, miedo y fantasía que forman parte de nuestra compleja alma. El sistema resultó más asertivo que el propio estudio del ADN. Los hombres de ciencias no tardaron en descubrir que muchos estereotipos (sujetos que compartían ciertas etiquetas) compartían otras, en apariencia no relacionadas. Así se armaron complejos sistemas clasificatorios que dividieron a la sociedad en grandes grupos, que a su vez se subdividían en millones de fragmentos irreconciliables. Enemigos.

Estábamos más solos que nunca.

La llegada de la realidad virtual y su eventual alcance a cada ser humano, terminaron por cambiar el paradigma. Nos mudamos permanentemente a ese vecindario que habíamos elegido para pasar unas vacaciones. Comenzó como un juego de roles, en el que, por unos instantes, podíamos ser quien deseáramos, pero pronto las empresas vieron la oportunidad y trasladaron sus sedes y servicios al universo paralelo, donde los terrenos eran más baratos y las oportunidades, infinitas. Gracias a los simuladores nos volvimos bellos y atléticos, de piel perfecta y labios carnosos. Proliferaron las orejas de elfo, los ojos aguamarina y las melenas hasta el suelo. Es cierto que hubo una época complicada en la que los suicidios aumentaron drásticamente, especialmente entre los más jóvenes, pero el problema fue resuelto por medio de regulaciones gubernamentales. Se prohibieron los espejos y toda superficie reflectante en el mundo real. Finalmente, como solución al problema de desconexión (la gente se conocía en el mundo virtual pero eran extraños en el otro) llegaron los anteojos de lentes rosados, de uso obligatorio. Quitárselos en la vía pública acarreaba la misma penalidad que una violación, pues se ultrajaba la privacidad de los demás, viendo cómo realmente eran en contraposición con su “yo aspiracional”.

Recuerdo cuando recibí mi primer par a los treinta y cinco años. Eran livianos y se adaptaban perfectamente a mi rostro, sin ejercer peso innecesario sobre la nariz. Ese modelo, obsoleto ya a los tiempos que corren, tenía un defecto; permitía espiar por el rabillo del ojo y descubrir que las hermosas flores que proliferaban por la cuadra eran en realidad pilas de basura. Pero eso ya pasó a la historia. Los modelos actuales cubren la totalidad del campo visual y no se quitan para dormir ni para limpiar. Y son perfectamente moldeables a los gustos del usuario, lo que significa que existen tantos mundos como ojos para verlos.

A pesar de todas las ventajas de la vida moderna, yo me sentía cada vez más infeliz. Llevaba meses trabajando día y noche -otra de las ventajas del simulador- y aún así apenas podía costear mi conexión a Internet y mi suero alimentario, incomparablemente más barato que la comida real. Decidí cortar por lo sano y tomarme un día de descanso. Mi mundo era maravilloso. Lo había diseñado de modo que el arte y la naturaleza se relajaban como viejos amigos, como ruinas ancestrales coronadas con frescas enredaderas. Me pregunté si los de mis compatriotas serían similares. Podríamos intercambiar los lentes algún día. Pero no aquel. Entonces buscaba soledad. Era una tarea más bien simple, pues la población se había reducido drásticamente gracias a la virtualidad, y, si bien habían millones de nacimientos al día, éstos no eran bebés reales, ni se hallaban en todos los universos. Eran bellísimos querubines dotados de alas o de cabellos de arcoíris, pero no de alma. La gente de carne y hueso escaseaba y se concentraba en gran medida en la Polis. Me dirigí hacia los confines de ésta, delimitados por altas paredes de agua cristalina, por las que se deslizaban todo tipo de especies marinas. Sentí frescura al traspasarlas y una caracola quedó adherida a mi cabello como un broche de oro.

Deambulé por horas, atravesando un desierto de arena que no recordaba haber imaginado y un bosque siberiano. Finalmente llegué al mar. Como en un sueño me adentré caminando y pasé la noche mecida en sus profundidades, entre caricias de algas, respirando como un pez. Al día siguiente seguía agotada, pero emprendí el regreso. Un día de vacaciones era demasiado y la culpa comenzaba a oprimir mi corazón. Aún así me tomé unos minutos en el bosque para sentarme en un árbol caído. Un unicornio blanco de gruesos músculos se detuvo a beber agua en un lago próximo. Era un ser magnífico, pero… ¿era real? No podía recordarlo.

Con la impunidad que garantiza el anonimato y sin dejar de observarlo me quité los anteojos. El animal seguía allí, pero era más bajo y de color marrón. No tenía cuerno. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Era aún más bello. Sacudía con desinterés la cola espantando insectos.

“Moscas. Se llamaban moscas.”

Miré en derredor, conmovida por la crudeza de lo natural y la curiosidad pudo más. Me asomé al espejo de agua, en busca de mi reflejo. Y allí estaba. Con ojos café, más pequeños de lo que recordaba y cabello enmarañado conquistado por grises canas. Entre ellas, una gran cucaracha luchaba por liberarse. Mi piel lucía manchas y lunares por doquier y en mi cuerpo se apreciaban unos cuantos kilos de más. Era hermosa.

Miré a mi alrededor buscando un transeúnte, algún ser con alma de ermitaño con quien compartir el milagro. Pero no hubo caso. Estaba sola, más sola que nunca.

NATALIA DOÑATE

Imagen: https://www.freeimages.com/photographer/aschaeffer-35866

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