Otros vendrán

8
1985
La casa de las arenas, blog literario.

Los miércoles tocaba Scrabble. El tercer día de la semana era, de hecho, nuestro único día, por lo que sería correcto afirmar que siempre tocaba Scrabble. Una merienda prolongada -de cuatro a seis-, té con leche, pan cortado a mano, manteca a discreción, sal, y Scrabble. El tablero, una edición de antaño, era el único artículo de lujo. Se erigía en medio de la mesa sobre oscuras patas de madera lustrada (que aún conservaban el brillo), impoluto su cajón interior de fieltro, reales las fichas de marfil cobijadas en la pequeña bolsa de cuero. Al anotador original lo sobrevivían sus tapas, del mismo material. Una birome ordinaria pero eficiente cumplía las funciones del lápiz. La primera vez que gané el juego (que le gané de verdad) me resulta dolorosa de recordar.

Poco tiempo después, aparecieron las palabras cortas.

PAZ – 14 puntos.

Ese día esperé en vano una trampa para la ronda siguiente, pero la chispa de la genialidad no brilló en sus ojos grises. Aterrorizado, desmonté la bomba que tenía guardada en mi atril (MOJEÑA, 22 puntos) y con su «A» de «PAZ» formé «AMOR».

6 puntos.

La base del reloj reclamó su botín de arena sin que él fuera capaz de formar otra palabra. Le ofrecí más té (dos puntos) y lo sorbió como un niño compungido. Desde entonces, y por varios meses, jugamos sin reglas. Desparramábamos las fichas sobre la mesa, desfachatadas, cara arriba, y las trenzábamos armando palabras bellas, palabras inventadas, palabras que jamás nos habíamos dicho. El día veinte de julio la impunidad fue total; usamos letras sueltas. «G» significaba «gracias», «E» era de «extrañar». No había tiempo de buscar la Ñ. Para entonces, la sal había sido reemplazada por miel, que era más fácil de deglutir. Pan, manteca y miel.

Con el partido a medio terminar, me extendió la mano.

—¿Empate?

—Empate —accedí.

Y ya no volvimos a emitir palabra, ni en viento, ni en marfil. Cómplices y mansos nos quedamos viendo cómo el sol se robaba nuestros colores, primero la F, que había caído sobre la alfombra verde y fue gris, luego el tablero marrón, dos E, el deseado comodín. Pronto el resto del abecedario fue también gris, gris la mesa de melamina blanca, gris la lámpara Tiffany, que dio pelea y tuvo un glorioso final de pavo real. Y gris fue el sendero de los eucaliptus más allá de la ventana, gris el auto rojo aparcado sobre el piso de adoquines, gris la vieja tranquera y gris el césped todo. El cielo, una ola anaranjada retirándose de negras playas de fantásticos caracoles.

Encendí un FUEGO (9 puntos) en la chimenea, mientras me preguntaba si él habría llegado a sentir frío. Luego me limité a contemplar las llamas por horas, sin ganas de llorar, pero tampoco de sonreír.

Imagen: https://www.ebay.com/itm/125926137533

NATALIA DOÑATE

8 Comentarios

  1. Debo haber estado alrededor de media hora intentando comentar en un post anterior que -entendí luego- había ido a parar a la papelera para descrédito de mi tozudez.
    Saludos!

  2. Jaja acá la tozudez es bienvenida y se agradece!! Habrá sido el post sobre mi novela, que, al no ser relato, lo dejé unos días y después lo borré. Gracias por pasar!

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