Retazos

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El taxista silbaba un tango en amistosa competencia con la bachata de la radio. La perdedora resultaba ser la oyente del asiento de atrás. Se encontraba cavilando sobre la mala educación de la gente en general y en el particular infortunio de asistir a un show de tal calibre (para el que aparentemente no era necesario sacar entradas) cuando notó el camión de poda y el precedente cartel de desvío. La primavera era inminente, pero no tanto como la angustia que anticiparon la palmas de sus manos. Iba a pasar irremediablemente por “el lugar”. Se secó el sudor en el regazo, rugoso por culpa del jean, mientras buscaba distracciones en la cartera, pero la luz roja la emboscó justo a la entrada. Y, en franca rendición, miró.

Vacío. El edificio no era más que un hueco entre otros de su misma especie. La antigua recepción “¿qué será de Don Felipe?” había sido reemplazada por vallas y un cartel de obra. Sonrió. El destino le hacía un pequeño obsequio. O quizás tampoco se podía volver a donde se había sido infeliz. Recorrió con sorna las líneas de cemento que otrora dividían las vidas de los moradores. ¿Cómo habían cupido allí tantas habitaciones con sus camas, sus placards, sus heladeras, el ascensor de puertas enrejadas que se trababa cada dos por tres, los perritos chillones de la loca del 11C, o incluso su propia bicicleta, la del canasto de mimbre y la campanita rota?

El corto bocinazo de un impaciente -pero medido- chofer de colectivo despabiló al conductor, quien, herido en su profesión, refunfuñó algo sobre los malos modales. Ella apuró un último vistazo al tercer piso donde, de un solo trago, absorbió las molduras de la pared del living y los restos de empapelado de su cuarto, separados apenas por una línea gris de los azulejos verde musgo del baño, menos temibles ante la tibia luz de las seis, y limpios ya de las salpicaduras rojo carmesí y los trozos de materia gris. Sólo verdes.

De pronto, surgió el edificio vecino, donde vivía su amiga Mónica (cuya madre te hacía sacar las zapatillas antes de entrar a la casa) y, al instante, el nuevo supermercado exprés, seguido del kiosco donde compraba las figuritas del Chavo, y la parada del colectivo de la línea 53 que la llevaba al colegio, a pesar de que sólo quedaba a quince cuadras, y luego una amplia colección de edificaciones surtidas con sus historias y sus camas y sus placards y sus heladeras y quién sabe qué más.

Y por fin, la ancha avenida.

El taxista, recuperado del disgusto, volvió a sus tangos en el momento en el que tomaban el acceso a la autopista. Ella se sumó con alegres tarareos. Hacía tiempo que se había mudado a un barrio de casas bajas y horizontes infinitos.

NATALIA DOÑATE

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