Un regalo de lujo

6
177

Esta historia ocurre en un típico pueblito de montaña, de esos donde la escasez de recursos económicos se compensa con vecinos siempre dispuestos a dar una mano y donde conviven en armonía la naturaleza salvaje de los lagos, cascadas y cúspides con los artífices del hombre: vehículos que soportan las inclemencias del clima, viviendas de piedra de pequeñas ventanas y techos a dos aguas y coquetas casas de té. En época estival los balcones compiten ataviados de coloridas flores y en invierno el blanco impoluto, apenas amancillado por las nubes grises que emergen de las chimeneas, invita al silencio y a la introspección.

El lugar se destaca apenas de otros similares por unos pocos puntos turísticos interesantes, como una gran roca en forma de tortuga, un río amarillo y la casa de ladrillos de Don Roque, que carece de las comodidades más básicas, pero que en su centro alberga un telescopio de última generación a disposición de quien desee utilizarlo. No hay un alma en kilómetros a la redonda que lo sepa manejar.

La vida de Don Roque, que en paz descanse, fue muy dura. Vivía solo y se dedicaba a pastar ovejas, pero se había vuelto conocido en el pueblo por su amor a las estrellas. Cada noche tomaba una bolsa con mendrugos y su cobija y subía al cerro a mirar el cielo. Como temía a los OVNIS usaba un gorro puntiagudo de papel aluminio que supuestamente evitaba que le controlasen la mente. Preparaba una fogata y contemplaba la Vía Láctea por horas. Luego, apagaba cuidadosamente el fuego y regresaba a dormir unas pocas horas.

Una noche se encontraba envolviéndose la cabeza con su casco anti-alienígenas, cuando se topó con un grupo de jóvenes que habían subido a tomar cerveza y a fumar unos cigarros. Ambas partes se asustaron, pero terminaron compartiendo la noche, las estrellas y las bebidas. La noticia del ermitaño que miraba el cielo se regó por el pueblo hasta alcanzar los oídos de una ociosa viuda acaudalada que se sintió conmovida. En un pequeño acto solemne le hizo entrega de un reluciente telescopio y él, entre lágrimas, prometió que todo el pueblo sería bienvenido a acompañarlo.

Y así fue. Aprendió con mucho esfuerzo a manejar el aparato y por meses juntó a grandes grupos de gente para subir a la montaña a escudriñar la espada de Orión, espiar a las Pléyades o navegar por el mar seco de la tranquilidad. Las viandas y el alcohol eran opcionales, no así el aluminio en la cabeza, pero todos respetaban la regla. Con el tiempo el entusiasmo fue mermando, pero si algún aspirante a astrónomo ocasional aparecía en la montaña, tenía la certeza de que se iba a encontrar allí con Don Roque y su telescopio. Y cada tanto, conmigo.

Yo estaba maravillado con las estrellas fugaces. Ponía música en mis auriculares y pasaba horas tirado en una manta esperando que apareciera alguna. Encargué un libro sobre constelaciones y me dediqué a aprender lo más que pude. Iba una o dos veces por semana, sólo si hacía buen tiempo y no tenía ninguna cita con alguna de las chicas del barrio, pero envidiaba el tesón de Don Roque, que sólo faltaba las noches de temporal. Sus huesos viejos parecían cobrar fuerza cuando emprendía la subida a la montaña.

Una noche que resultó nublada le pregunté de dónde sacaba tanta pasión.

— ¿Pasión? Detesto hacer esto con toda mi alma.

Creí que bromeaba, pero me miró más serio que nunca. Explicó que al principio disfrutaba ir solo, cuando tenía ganas, pero luego le habían comprado el maldito telescopio y ahora todos esperaban que les agradeciera yendo todas las noches. Se había vuelto el accesorio de un regalo muy costoso. Sentí pena y dije que por mí se quedara tranquilo, que yo no volvería a ir. Intuí algo de alivio en sus ojos.

Por las noches pensaba en él, allá sólo en la montaña. Como la luz de una estrella muerta se sigue viendo desde la Tierra, la ilusión que el pueblo veía en sus ojos se había apagado hacía tiempo, sin que nadie lo notase. Una noche como cualquier otra, el pastor subió al cerro para no bajar.

Nuestro Roque yace de cara a las estrellas. Murió haciendo lo que más le gustaba” reza su epitafio. La tumba siempre se encuentra decorada con gorritos y estrellas de papel de aluminio. Yo regalé el libro de astronomía y me dediqué a escribir novelas en mi máquina de escribir eléctrica. Un día cierta señora se enteró de mi inclinación por las letras y ofreció regalarme una moderna computadora. La insulté tanto que nunca más me devolvió el saludo.

NATALIA DOÑATE

Imagen: Autor: Greg Rakozy, en Unsplash.com | CC0

6 Comentarios

  1. Qué interesante relato, a veces hay cosas que llegan a nuestra vida y que aparentemente son una bendición y acaban siendo una carga. Lo expresas perfecto en tu relato. También está ese afán humano por invadir al otro pero también siempre podemos decir “no”. Un no a lo que no queremos o deseamos. Acá en Mexico decimos “te faltan huevos” como decir “te faltan agallas” y mucha gente por no tener huevos acaba como Don Roque. (Huevos que sí tuvo el chico que al final no acepta la dichosa computadora) Disfruté mucho tu relato. Saludos.

  2. Muy bueno Natalia, lo acabo de leer, me parece un relato muy especial, con un gran mensaje, sobre la vida, lo que implica a veces la palabra compromiso, en este caso un regalo que termina por torturar al pobre Roque, también me gusta el enfoque, de como puede ser vista una situación desde fuera, y arrastrar a quien no sea capaz de oponerse a esa fuerza, a Roque le acompaña hasta en el epitafio, el error más grande de su vida, el narrador aprende rápido la lección, jajaja me encantó Natalia. Saludos.

Deja un comentario